El catalán, animado por aquel encuentro que parecía encantarle, dejaba suelta su locuacidad a toda prueba.

Mientras el camarero le iba sirviendo, él preguntaba a Zarzoso, y cuando se creyó ya bien enterado de quién era, entonces comenzó a hablar de sí mismo con un descuido tal, con una franqueza tan absoluta que al mismo tiempo que le hacía simpático ponía toda su existencia de cuerpo presente.

Era hijo de un fabricante arruinado de Sabadell; huérfano desde su infancia, había estado al cuidado de unos tíos que ejercían una pequeña industria en Barcelona. A causa de su precoz inteligencia, de su vivacidad de carácter y de aquella audacia infortunada que había adquirido de su difunto padre, en vez de ser dedicado al comercio, sus parientes le hicieron entrar en la Universidad, donde cursó la carrera de Leyes, adquiriendo el título de abogado; un papelote, según él decía, que para nada podía servirle.

Odiaba a la Monarquía como puede odiarla un muchacho que se dormía todas las noches teniendo a la cabecera de la cama los libros más populares sobre la revolución francesa; soñaba en la grandeza de los héroes republicanos y en su sublime austeridad, como apasionado lector de Los Girondinos, de Lamartine, y sabía de memoria cuantos apóstrofes elocuentes y períodos de oratoria tempestuosa se habían pronunciado en la Convención. Para él Danton era el primer hombre del mundo, y al tratar de la política española creía que Ruiz Zorrilla era el llamado a representar idéntico papel en nuestra patria.

Había sido periodista en Cataluña; orador de plantilla en cuantas manifestaciones republicanas se organizaban; peatón encargado de dar recados insignificantes en varias conspiraciones fracasadas; y tanto empeño puso en el ejercicio de estos cargos, que haciéndose sospechoso unas veces a la policía y procesado otras muchas, a causa de las embestidas de su entusiasmo, que no respetaba cosa alguna y lo mismo atacaba en un mitin a la persona del rey que en un artículo se burlaba graciosamente de la Santísima Trinidad, llegó a excitar tantas iras con su conducta y a atraerse tan enconada persecución, que, al fin, para no ingresar en presidio, tuvo que pasar de ocultis la frontera, estableciéndose en París, donde estaba a las órdenes del que él llamaba siempre don Manuel, o el hombre, con una expresión de familiaridad respetuosa y admirativa.

Zarzoso escuchaba con mucho agrado la interminable relación de aquel locuaz compatriota, y lo encontraba cada vez más simpático.

Aquel fanatismo político rudamente intransigente que demostraba; aquella fe en el éxito de la revolución y en el ídolo a quien seguía, hacíale gracia el joven médico, quien, por otra parte, sentía hacia el nuevo amigo la atracción que produce la comunidad de doctrinas.

—¿Usted también será republicano?—decía sonriendo el simpático catalán.

Zarzoso hacía signos afirmativos.

—Indudablemente también querrá poco a los curas, o, de lo contrario, no sería sobrino del eminente doctor Zarzoso.