Mientras tanto, Agramunt daba palmaditas amistosas en la espalda a un sujeto morenote, fornido, con la cara afeitada, a excepción de unas patillejas, y que de vez en cuando lanzaba a don Esteban miradas cariñosas como las de un perro fiel.

El joven catalán le preguntaba cómo iban sus asuntos, pues hacía ya algún tiempo que no le había, visto.

—Van bien, no puedo quejarme—contestaba aquel hombre, que no era otro que Perico, el antiguo asistente de Alvarez—. En el almacén me tratan con bastante consideración, sólo que el trabajo es mucho y no puedo venir por aquí con tanta frecuencia como deseo. La dirección de la casa es muy rígida en punto a las obligaciones. Hoy he logrado alcanzar un permiso para ir a recibir a mi amo a la estación, y por eso puedo estar en el café. ¿No es verdad que don Esteban ha venido más fuerte de Caen? Le han probado los aires por allá; lo que siento es lo mucho que habrá sufrido al no tenerme por la noche cerca de él para que le cuidase.

Y el fiel criado, a quien el tiempo y los infortunios habían elevado a la categoría de compañero y primer amigo de su señor le dirigía miradas que demostraban la fuerza de aquel cariño indestructible que tanto tiempo existía entre el ex comandante y su asistente.

Alvarez, entre tanto, como si le molestasen las muestras de mudo cariño que le daba su criado, aparentaba no fijarse en ellas y hablaba a Zarzoso de su viaje a Caen.

Había ido allá con el único objeto de arreglar ciertos asuntos de su editor, que le apreciaba mucho y tenía en él una completa confianza. Y hablando de esto, el revolucionario pasó insensiblemente a tratar de su situación.

No se quejaba de la suerte. La casa editorial pagaba de un modo harto modesto, pero al fin le distinguía, retribuyendo sus trabajos mejor que a los otros emigrados que para ella traducían.

Su tarea no era para matarse de fatiga.

Traducía cuentecillos de los más célebres escritores franceses, y cuando no, escribía libros de texto para la niñez; obrillas insubstanciales, formadas por retazos que tomaba de aquí y allá, y que el editor enviaba a miles al otro continente para que sirviesen de pasto intelectual a la juventud de las escuelas americanas.

El emigrado, al dar cuenta de sus trabajos a su nuevo amigo, sonreía amargamente como si todavía no se hubiese desvanecido el asombro que le causaba el verse en su vejez dedicado a tan nimias tareas, después de haber sido un verdadero héroe revolucionario y haber gozado de poder suficiente para trastornar a cualquiera hora el orden de su país.