—Cuando ese gran ladrón no se siente poseído por tan crueles instintos, se divierte con bromas pesadas, propias de un muchacho que falta a la escuela. ¡Ah cochino invierno! Así que hiciste tu aparición en París, te dió la manía por subirte a los árboles y robarles las hojas, despojando de toda belleza al campo y a los paseos. Los árboles se han dejado arrebatar la vestimenta, sin otra protesta que su acompasado balanceo, y hoy presentan el aspecto ridículo y triste del hombre que a las dos de la mañana se ve asaltado por audaces ladrones en cualquier calle de París y se presenta sin pantalones, y en camisa, en el primer puesto de Policía. ¿Cómo has dejado el Bosque de Bolonia? ¿Y el de Saint-Cloud? Da lástima verlos. Los poéticos lugares cubiertos por bóvedas de verdura han desaparecido con la misma facilidad que se desvanecen las aéreas ojivas y las fantásticas arcadas que traza en el espacio el humo del cigarro; no has dejado en los bosques ni un mal rincón discretamente cubierto por una cortina de matorrales, donde puedan darse cita la modistilla, que para llevar un traje a dos pasos de su taller, emplea toda una tarde; y el muchacho, a quien el severo papá, haciendo cuentas tras el mostrador, supone a tales horas enterándose en el aula de las profundidades jurídicas de Justiniano o revolviendo humanos despojos en el anfiteatro anatómico.

Detúvose el declamador, y pasándose la mano por la frente, con expresión trágica, añadió con el mismo acento del poeta que llora la ruina de bellezas muertas ya:

—En aquellos lugares de delicia en el verano, donde la vista se ahitaba de una orgía de verde y el oído se complacía con un interminable gorjeo, no quedan ahora otras cosas que una gruesa alfombra de hojas secas y millares de colosales escobas que con los rabos hincados en la tierra y chorreando humedad, elevan su ramaje al cielo, suplicando al sol que les haga una visita de atención, a lo menos dos veces por semana, y que empeñe su valiosa influencia con la lluvia para que no sea tan importuna... La belleza ha muerto por unos cuantos meses, y tú eres su asesino, cruel invierno.

Zarzoso seguía mirando con creciente extrañeza a su amigo. ¿Se había vuelto loco aquel muchacho?

Pero pronto comprendió la verdadera causa de tales lirismos.

Agramunt iba a verse obligado en adelante a salir de casa todos los días para ganarse el pan. Su editor, ocupado siempre en el profundo estudio de adquirir la mayor cantidad posible de cuartillas, dando poco dinero, y encontrando que la traducción española de su famoso Diccionario le resultaba cara, se había decidido por el trabajo en comunidad y obligado a todos los que trabajaban en la citada obra a que acudiesen a su casa, donde en una gran sala, y bajo la vigilancia de un dependiente antiguo, habían de trabajar por horas.

Le era forzoso, pues, acudir diariamente a la oficina como un empleadillo; abdicar por completo de aquella libertad que le permitía fijar a su gusto las horas de trabajo; escribir bajo la vigilancia del perro de presa del amo, como si fuese un muchacho en la escuela, e ir en aquellas crudas mañanas de invierno pisando la nieve de las calles.

¡Oh! Aquello era cosa de desesperarse y de maldecir al invierno, al editor que planteaba tan peregrinas ocurrencias y a la pícara necesidad que le obligaba a sufrir tantas molestias, todo para ganar cuatro o cinco francos traduciendo barbaridades, según él decía.

Aquella misma mañana iba a comenzar la traducción en comunidad, y Agramunt se desesperaba pensando que en adelante tendría que levantarse puntualmente como un colegial y permanecer encerrado hasta el anochecer, almorzando en la misma casa del editor. Tan continua reclusión ¡a él! que era un bohemio por vocación y que encontraba agradable la vida de París por lo libre que resultaba.

Desde aquel día, los amigos, a excepción de los domingos, sólo pudieron verse al anochecer cuando se reunían en el restaurante, a la hora de la comida.