Acuden a la gran ciudad, como mariposas atraídas por fuerte luz, desdichadas de todos los países; lo mismo de las risueñas campiñas andaluzas, que de los campamentos cosacos; igual de las Repúblicas americanas, que de las posesiones europeas de Africa, y ellas hacen desfilar por frente a esos millonarios que durante el invierno sientan sus reales en los bulevares todos los tipos, colores y configuraciones de los diversos pueblos de la tierra.

Junto a todas éstas descuella y se da inmediatamente a conocer la indígena o propiamente parisién, la que si ha salido más allá de las barreras, sólo ha sido para llegar hasta Versalles o Suresnes, y que cree que el centro del Universo a cuyo alrededor giran el Sol y todos los planetas es el bulevar de los Italianos: mujer original y rara, a quien gusta todo lo extravagante, y que tiene la ágil perversidad del mono, la fatuidad y los discordes chillidos del pavo real y las marrullerías y malas intenciones de un gato viejo.

El tipo de la alegre parisién es un ejemplar repetido hasta lo infinito, pero siempre con el mismo texto. Su historia es siempre idéntica. Nacen y crecen en una portería o en un sotabanco. La madre vende flores o frutas en un carretoncillo por las calles: el padre trabaja tres días a la semana, y en la noche del sábado, después de andar a puñetazos con su mujer por cuestión de mejor derecho para guardar los ochavos, se mete en la taberna, de donde sale el miércoles casi a gatas. La niña, como ya es grande, trabaja en un taller tranquilamente, hasta que un día la compañera la tienta a ir por la noche a un baile cualquiera, y allí danza con un muchacho, que empieza su conquista regalándole un ramo de violetas de cinco céntimos y convidándola a un “bock” y acaba por enamorarse de aquel tipo delicioso, que sabe ponerse el sombrero de canto sobre la nariz, que imita el canto del gallo con exactitud sorprendente, que baila la cuadrilla haciendo el pajarito y que tiene un sinfín de hermosas habilidades, aunque desconoce la más principal, o sea la del trabajo, pues no falta quien le asegura a ella que el tal ente vive de poner contribución a los afectos de sus enamoradas.

Desde aquel día la muchacha no vuelve a su caca; el padre, entre vasos de vino y copas de “wisky”, jura a sus compañeros de la taberna que donde la pille la va a matar; la madre llora y cuenta sus penas a la vecina, y así pasan los meses, hasta que un día la encuentran en el bulevar los autores de sus días, elegantemente vestida, del brazo de un caballero, y... no sucede absolutamente nada, pues al marido le parece muy agradable tener una hija que siempre que le encuentra la da un par de francos para beber, y la mujer casi se alegra de que la niña no haya venido a casarse al fin con cualquier muchacho del barrio, que la haga desfallecer de hambre y le administre una paliza semanal.

¡Especial modo de ser el de gran parte de las familias parisienses! Las honradas familias españolas jamás podrán comprender, para fortuna nuestra y de la moral, esa indiferencia afrentosa que se manifiesta aquí entre ciertas clases ante la pérdida del honor.

El espectáculo que ofrecen esas infelices jóvenes, entregadas a una incesante crápula, en la edad de los ensueños y de las ilusiones, no puede ser más triste y desconsolador. Se ven entre ellas rostros francos y hermosos, que a primera vista parecen frescos e inocentes, pero que mirados con más detención, delatan una fatiga inmensa, propia del abuso de la vida; y aquellas bocas, muchas veces plegadas por angelicales sonrisas, se abren para dejar oír voces roncas por el alcohol que profieren las más soeces frases o los más tremendos juramentos, con una naturalidad abrumadora.

La vida nocturnal de esas infelices está de continuo llena de sobresaltos y peligros, pues cuando no las incómoda el vicio con sus más hediondas formas, las persigue la sociedad, que tiene más cuidado en sacar provecho de los seres que viven fuera del mundo de la moral, que en redimirlos de tan degradante esclavitud.

Muchas veces el transeúnte, de rostro bondadoso, que pasea su bonhomía por las calles durante la noche, se ve de repente agarrado del brazo por una mujer que empieza a marchar junto a él con la naturalidad de antiguos amigos. El, sorprendido, intenta preguntar; pero ella hace que calle, y así andan un poco hasta que al llegar a cualquier esquina, el hombre, que ya empieza a interesarse por adivinar en qué parará aquello, ve que su pareja le abandona y desaparece.

Es que aquella infeliz va perseguida por la Policía, que siempre se muestra cruel con el vicio que no da parte de sus rendimientos al Estado, y para salvarse se agarra al brazo del primer hombre que encuentra, lo que la pone a cubierto de toda detención.

Tan inmensa falange de víctimas de la concupiscencia de una gran ciudad aumenta todos los días. Raro es aquel en que las oficinas de la Policía no reciben reclamaciones de dos o tres familias para que busquen otras tantas jóvenes fugitivas del hogar doméstico; pero como no andaría muy medrada la institución que vela por la seguridad pública si tuviera que atender a tan continuas demandas, son pocas las diligencias que se hacen para buscarlas, y a las muchachas emancipadas de la tutela paternal para ser víctimas de las pasiones, les basta mudarse a un barrio de París algo distante del que ocupan sus parientes para que éstos no las encuentren en años.