¿Quién no sabía en el Barrio Latino la biografía de Judith la rubia? ¡Si hasta figuraba en ciertos libros! Ante todo, había que advertir que la muchacha era judía, como lo indicaba su nombre, y que no había nacido en Francia, pues sus padres eran unos judíos húngaros, que habían venido a París a probar fortuna, trayendo consigo a la niña, que tenía entonces seis años. Los padres murieron a los pocos meses de su llegada a la gran ciudad, y la pequeña Judith fué recogida por un matrimonio de obreros que aún vivían en Batignolles, y a los cuales iba a ver ahora de vez en cuando aquella bohemia extravagante, pues al encontrarse cansada, tras algunos meses de existencia aventurera, sentía renacer en su pecho un fugaz chispazo de cariño filial.
La muchacha creció terca, voluntariosa y con caprichos que demostraban una imaginación fantástica y desordenada. En punto a diversiones gustaba únicamente de los violentos juegos de los muchachos; odiaba todas las labores femeniles; fueron vanos los esfuerzos de sus padres adoptivos para hacerla aprender un oficio, y a los catorce años, formada, desarrollada y hermosa, con esa precocidad propia de su raza, apareció en el Circo Hipódromo, como ecuyère de última fila en las pantomimas ecuestres.
Pronto su luminosa cabellera, flotante al viento; sus hermosas piernas que oprimían nerviosamente el vientre del caballo y sus temeridades propias de muchacho travieso, despertaron una tempestad de hambrientos deseos en los abonados de primera fila, y a la puerta del zaquizamí, donde ella se vestía, alineáronse los negros fracs, esperando permiso para entrar y ofrecer a la figuranta costosos bouquets de rosas acompañados de proposiciones deslumbrantes.
Los elegantes lobos del Hipódromo, entre el montón de carne gastada del grupo de figurantas, habían olido la carne fresca, la virginidad bravía y, al mismo tiempo, maliciosa de aquel gracioso diablejo de rubia cabellera, y la subasta se acaloraba; los postores empeñábanse en una batalla en que los ofrecimientos subían rápidamente empujados por la competencia, hasta que, por fin, una noche, después de una cena en la Maison Doré, en que el champaña corrió a torrentes, Judith cayó en brazos de un conde ruso millonario y gastado.
Ya no volvió más al Hipódromo; tuvo un piso en la calzada de Antín, con la servidumbre correspondiente; pero al mes se aburría en aquel gabinete acolchado y mono como una bombonera, y una tarde se fué al Barrio Latino, para no volver a salir más de él. Allí estaba en su elemento. Iba a empujones con la juventud vigorosa, brutal e insaciable que no retrocedía ante las más estrambóticas locuras, y, además, en aquella atmósfera de continua crápula al aire libre se encontraba algo del ambiente científico y artístico que traía consigo la juventud escolar, y que agradaba mucho a la imaginación ardiente de Judith y a su inteligencia, de una precocidad asombrosa.
En aquel barrio, haciendo locuras en la calle, rompiendo servicios en los cafés y siendo conducida casi todas las semanas a los cuartelillos de la policía, por haberse mezclado, a puñetazo limpio, en las peleas de los estudiantes, Judith fué bien pronto célebre, gozando de una popularidad que la convertía en la primera mujer del barrio, y que hizo que en varias ocasiones de jarana estudiantil, la muchedumbre escolar la llevase en triunfo sobre sus hombros por el bulevar Saint-Michel.
Al mismo tiempo que de tal modo labraba su reputación tormentosa en el barrio, adquiría una ilustración tan incoherente como enciclopédica, oyéndosela hablar de los misterios más recónditos de una ciencia, al mismo tiempo que daba a entender que desconocía lo más rudimentario y vulgar de ella. Contábase que cuando cualquiera de sus amantes permanecía en casa estudiando, por hallarse próxima la época de los exámenes, ella le acompañaba, entreteniéndose con gran ahinco en la lectura de los libros de texto, que muchas veces no entendía.
A fuerza de acostarse con los estudiantes de Derecho, hablaba de Justiniano y Papiniano con la misma franqueza que si se tratara de algunos señores que la habían convidado a un bock en el café Vachette; de los estudiantes de Medicina había sacado un incompleto conocimiento del cuerpo humano que la autorizaba a hablar con tono doctoral sobre las más difíciles enfermedades; mezclaba en su conversación citas históricas, problemas matemáticos y términos de ingeniería; pero su afición predominante, su cuerda sensible, su capricho de todas horas, eran los artistas, el arte y aquella Ecole de Beaux-Arts, de la que hablaba con respetuosa admiración.
En este centro de enseñanza, donde acudían los pintores y escultores del porvenir, Judith era popular; pues no había uno solo de aquellos muchachos melenudos y audaces que no tuviera derecho a su intimidad.
Desde el principio de su estancia en el barrio, la habían enamorado los alumnos de Bellas Artes por su existencia aventurera y su carácter extravagante, que tanto armonizaba con el suyo, y esta continua intimidad con pintores y escultores, la había llegado insensiblemente a convertirse en modelo, profesión que, aunque incómoda, le gustaba, pues era como un homenaje tributado a su cuerpo, que ella misma tanto idolatraba. Además, necesitaba los quince francos que le daban por sesión, pues una de las rarezas más notables de aquella mujer tan extraordinaria era no admitir de sus amantes otra cosa que el cuarto y la comida.