Zarzoso se hacía el sordo y miraba a todas partes, buscando con los ojos a Agramunt, pero no lograba verlo entre aquella multitud. Sin duda, el escritor, para complicar más la situación de su amigo, se había escabullido voluntariamente.
—¿Pero dónde estará ese pillo?—murmuraba Zarzoso.
—¡Oh! Adivino la causa de su desaparición. Sin duda habrá encontrado alguna antigua amiga, y confiando en que usted me servirá de caballero esta noche, nos ha dejado plantados. Esto está muy mal hecho, sí, señor, muy mal hecho; es dejar a una mujer en un compromiso que avergüenza. ¿Cómo voy a entrar en el baile, sola, con aspecto de abandonada y sin un amigo que me dé el brazo?
Lanzó la joven una mirada, de aquellas que se habían hecho célebres en el barrio por su voluptuosidad irresistible, y con acento mimoso de niña mal criada, murmuró junto a su oído:
—¡Ah! ¡Si usted fuese tan amable que se prestara a ser mi caballero, aunque sólo fuera para entrar en el salón!... ¡Si llegase su condescendencia hasta ese punto!
Zarzoso intentó resistirse, pero aquel diablejo dorado, que parecía adivinar el punto vulnerable en su armadura de castidad, suplicándole con los ojos, se rozaba marrulleramente contra el chaleco del joven, y éste, al sentir el contacto de aquellos pechos duros y vírgenes, iba debilitando su tenaz negativa.
Le pareció que Judith le miraba con cierto desprecio, como si se hallara en presencia de un tacaño, que por no gastar dinero se negaba a acompañarla. Esto dió al traste con toda su austeridad, ¡Qué diablo! El no era ninguna doncellita pudorosa que por entrar en Bullier perdería su prestigio virtuoso, y, además, bien podía meterse llevando una mujer del brazo, pues otros lo hacían valiendo tanto como él.
Estaba decidido; adentro, pues: al fin y al cabo, aquella noche de loca diversión le serviría para olvidar el silencio de su novia, que tan apenado le tenía.
Remolcando a Judith, la cual, por su parte, se abría paso con sus puños de acero, atravesando la muchedumbre que se agolpaba en el despacho de billetes y en el guardarropa, bajaron la ancha escalinata que conducía al gigantesco salón del baile.
La bulliciosa juventud del barrio se había posesionado de aquel encerado pavimento, obligando a refugiarse en las tribunas a gran parte del elemento elegante y correcto que había venido de la otra orilla del Sena.