No; aquella fiesta de última hora no sería en su cuarto. Ya que Agramunt era quien la había propuesto, debían reunirse en su habitación, en aquella buhardilla donde no existían recuerdos sagrados y por donde había desfilado toda la carne femenil, gastada y en venta, que existía en el barrio.
Pero sintió en sus labios un suave roce que le hizo volver en sí, abandonando sus pensamientos. Era que Judith, cansada de esperar un beso que no llegaba, había tomado la ofensiva, y removía la sangre de aquel pazguato con sus caricias de fuego, que parecía imposible fuesen fingidas.
Zarzoso sintió como si en su interior se rompiera algo y un torrente de lava inundara sus venas; y trémulo por la pasión buscó entonces la boca de Judith.
Fué aquello como un tiroteo de besos. Se olvidaron de que estaban en la calle y que aún había en ella transeúntes, y con las bocas pegadas, como si no pudieran separarse, pasaron ante el cuartelillo de Policía, sin fijarse en las risas de los agentes, y cruzaron la plaza del Pantheón sin mirar la estatua de Juan Jacobo, el filósofo que en su juventud había tenido muchas escenas semejantes a aquélla.
En la puerta del hotel se les reunió Agramunt, que llegaba apresuradamente con la botella y los pasteles. Hubo discusión entre los dos amigos sobre el cuarto donde sería la fiesta, y Agramunt, apoyado por Judith, y fundándose en que la habitación de Zarzoso era más grande y confortable, decidió no pasar del segundo piso.
Subieron la escalera cautelosamente, con paso de ladrón, para no despertar a los vecinos, pues Zarzoso, en un resto de su austera dignidad, no quería que en el hotel se apercibiesen de que por la noche tenía mujeres en su cuarto.
Al entrar en éste, Judith arrojó su sombrero sobre la cama, y Nemo, con impasibilidad filosófica, se introdujo bajo de ella, como perro de pocos escrúpulos y acostumbrado a tales escenas.
Agramunt colocó sus provisiones sobre la mesa, y mientras tanto, la rubia curioseaba, mirándolo y tocándolo todo y buscando sorpresas hasta en el último de los rincones.
Después se sentó entre los dos amigos y atacó un pastel con la furia de una niña golosa, tomando cuantas copas le ofrecían sus compañeros. Zarzoso, por espíritu de imitación o instintivamente, buscaba también a cada momento la botella, y de esto resultaba que el más sereno de los tres era Agramunt, quien, por su parte, no se sentía muy seguro sobre los pies.
Judith sonreía con aire bondadoso y hablaba del amor y de la amistad, conmoviéndose a sí misma hasta el punto de que los ojos se le empañaban de lágrimas.