—Ya no eres el mismo de ayer. Ahora eres un canalla.
El despertar de aquella noche de amor fué terrible. Entre los dos amantes existía un visible despego, una falta de franqueza que hacía la situación pesadamente embarazosa.
Judith, después de saltar de la cama, iba de un punto a otro del cuarto, canturreando y afectando alegría, mientras hacía su toilette.
El joven, molestado por la presencia de aquella mujer, que evocaba en él impulsos brutales, y a la que hubiese dado golpes de muy buena gana, por vengarse de la caída que le había hecho sufrir, fumaba en un rincón del cuarto, acogiendo con sonrisas que daban miedo cada una de las caricias y los mimos que Judith pretendía hacerle.
Esta se vistió con gran prontitud, pues, según manifestaba, la estaría esperando un artista con el que se había comprometido a servirle de modelo en un cuadro que representaba a Clemencia Isaura en su poética corte de amor; pero no debía tener gran prisa en acudir a la cita, por cuanto rogó a Zarzoso que la convidase a almorzar.
El joven accedió de mala gana, pues le resultaba pesada en extremo aquella aventurera, y deseaba separarse de Judith cuanto antes.
Salieron del hotel cogidos del brazo, y las miradas de asombre de la dueña del establecimiento, que estaba en su despacho en la portería, atormentaron a Zarzoso, que veía en una noche destruída su fama de hombre serio y de costumbres arregladas.
Al atravesar la plaza del Pantheón, los carruajes engalanados de un cortejo nupcial deteníanse ante el palacio de la Alcaldía del quinto distrito.
Judith sonrió maliciosamente, y haciendo un gesto de asombro afectado exclamó:
—¿Y aún hay quien se casa?... ¡Qué asco!