—¡El pacto!... ¿Qué pacto es ése, padre Tomás?—dijo Ordóñez con expresión distraída, como si fuese en busca de un recuerdo que se le escapaba.

—Eso es; hazte el olvidadizo. ¿No te acuerdas ya, angelito?—contestó el jesuíta con sarcástica ironía—. Veo que eres muy desmemoriado; pero, afortunadamente, yo, como te decía, leo en el pensamiento de los amigos y te ayudaré a recordar, diciéndote que a la hora en que me dé la gana, a pesar de tu lujo, de tus brillantes relaciones y de tu fama de hombre elegante y calavera, puedo enviarte a presidio. ¿Te acuerdas ahora?

—Vuestra paternidad tiene un modo terrible de recordar las cosas.

—Es porque tu memoria resulta como uno de esos caballos maliciosos que remolonamente se niegan a andar. Conviene darle algún latigazo para que se avive.

—Bien, padre Tomás; me acuerdo del pacto; ¿qué quiere usted de mí?

—Sabes que con arreglo al último Código civil, tus derechos de marido te hacen heredero en usufructo de la mitad de la fortuna de tu mujer.

—Ya sé, reverendo padre; ¿qué es lo que usted quiere advertirme?

—Conforme al trato que hicimos los dos, antes de que tú te casases con María, debías limitarte a gastar sus rentas, y te quedaba prohibido inducir a tu esposa a que enajenase la más mínima parte de su capital.

—Así lo he hecho, reverendo padre. No tendrá usted queja de mí en este punto y creo estará satisfecho.

—No del todo, pues en ciertas ocasiones has gastado algo más que las rentas, embrollando con esto la administración de tu casa; pero no me quejo de estos pequeños excesos. Al fin, así y todo, te has portado con bastante prudencia si se tienen en cuenta tus antecedentes de hombre desordenado.