Ordóñez hizo un gesto de desesperación en la sombra. ¡Siempre cogido!, ¡siempre a merced de aquel hombre, a pesar de la fama de listo que a él le concedían en la alta sociedad!
Había que conformarse forzosamente, y Ordóñez tendió su mano al jesuíta en muestra de aprobación, y murmuró:
—De usted es toda la fortuna de María.
—Conforme. Quedo agradecido a tu desprendimiento, y te prometo no abandonarte nunca. Ahora vámonos, pues se hace tarde y los dos tenemos ocupaciones apremiantes. Procura volver pronto a casa, pues esta noche ocurrirá el suceso que esperamos.
Los dos hombres atravesaron la verja, y después de estrecharse la mano, subieron a sus respectivos carruajes, el uno para dar un vistazo al Casino, antes de ir al baile, y el otro para volver a trabajar en aquel despacho, que era como el centro del horrible embudo formado por la telaraña jesuítica que envolvía a toda la península.
Ninguno de los dos miserables que con tanta frialdad habían estado hablando sobre la próxima muerte de María volvió la cabeza para lanzar una mirada de compasión a aquella ventana, que sobre la oscura fachada del hotel destacábase débilmente, bañada en una luz pálida, velada e indecisa. Los millones de la agonizante era lo único que ocupaba su pensamiento.
Los dos carruajes se alejaron en distintas direcciones, separando a aquellos dos compadres de crimen que se aborrecían mutuamente.
—¡Vive Dios!—decía Ordóñez en voz alta y rugiente, que tal vez era oída por sus cocheros—. Ese tío es un ladrón que me tiene cogido por las orejas. Si algún día se me presenta ocasión, le había de meter un palmo de acero en el vientre.
Mientras tanto el padre Tomás murmuraba en el interior de su berlina, con acento de hipócrita escandalizado:
—Abandona a su mujer para ir a hacerle la corte a otra, y tal vez la pobre condesa haya entrado ya en el período de agonía. Siempre le he tenido por un canalla; pero no me imaginaba que su cinismo fuese tanto.