—Lo que pasó después—añadió Judith—lo sabes tú perfectamente.

—¿Pero quién fué el hombre que te indujo a tomar parte en tan repugnante intriga?

La joven intentó resistirse a contestar; pero cuando Zarzoso nombró al modelo italiano, ella, turbada por las amenazas de muerte, contestó con un signo afirmativo.

—Ya le ajustaré yo las cuentas a ese bandido napolitano. Pero ¿qué interés puede tener ese hombre, que no me conoce, en labrar mi perdición?

—Eso es lo que yo me he preguntado muchas veces, sin poder darme una contestación definitiva. El no te conoce, es verdad, y por esto mismo no he podido nunca comprender por qué trabajaba contra tí.

La modelo quedó silenciosa por algunos instantes, y después añadió con tono sentencioso:

—Mira, querido; tú por algún oculto motivo debes serles odioso a los curas de tu país.

—¿Por qué dices eso?

—Porque Luigi es protegido desde la niñez por los padres jesuítas, a quienes servía ya cuando estaba en Nápoles. Ellos fueron los que le salvaron cuando le iban buscando por dos o tres puñaladas que dió allá, y los que le trajeron a París poniéndole en camino para que fuese un buen modelo. Es el perro de los jesuítas; hace cuanto le dicen, y si le mandan morder, muerde. En este asunto deben tener mucha participación los protectores de Luigi: esto es lo que yo he creído siempre.

Zarzoso hizo un gesto que indicaba su inmensa sorpresa y quedó pensativo, mientras que Judith seguía hablando, deseosa de sincerarse ante aquel muchacho, al que había cobrado cariño desde que apreció la fuerza de sus puños.