—Mira, niño; si no me despacharas yo te hubiera dado pelo igual al que tenías de esa muchacha. ¡Pobre chica, ir a darse un tijeretazo tan lejos de la cabeza! Lo que yo he escrito en ese papel, es la pura verdad.
Aun quiso Judith desahogar su despecho con mayores indecencias, pero el latigazo que aquella perdida descargaba sobre la honra de María enfureció nuevamente a Zarzoso, el cual se abalanzó al pasillo con propósito de estrangular a la infame; pero cuando llegó allí, ya la rubia, seguida de su perro, bajaba apresuradamente la escalera del hotel.
En el portal tropezó violentamente con un hombre que entraba sacudiéndose la lluvia.
Era Agramunt, que acababa de dejar en la calle del Sena al desconsolado criado de don Esteban y que volvía al hotel a despojarse de su traje negro de ceremonia antes de ir al restaurante.
Fijóse en Judith, que pasó lanzándole iracundas miradas. En su rostro desordenado y marcado por las huellas de los golpes, adivinó que había pasado algo grave entre los dos amantes, y vió cómo la rubia, andando con paso inseguro y sin hacer caso de la lluvia, se hundía en la húmeda oscuridad de la plaza, cuyos reverberos alumbraban inciertamente a causa de las ráfagas del huracán.
Agramunt, alarmado por aquel encuentro, subió rápidamente al segundo piso.
Al entrar en el cuarto de Zarzoso, vió algunas sillas volcadas, una cortina rota y una porción de desperfectos que indicaban una reciente lucha. Zarzoso estaba doblado al borde de la cama con la cabeza entre las manos.
—¿Qué es esto? ¿Qué ha pasado aquí?—gritó asustado el buen muchacho.
Zarzoso levantó su cabeza, en la que se retrataba el más terrible asombro, y se abalanzó a su amigo, exclamando con voz conmovida, por penoso estertor:
—¡Ay, Pepe! ¡Pepe mío! Soy muy desgraciado.