—¿Dónde vive la señora de usted?
—En el paseo de la Castellana. Mi señora es la condesa de Baselga.
Zarzoso, a pesar de su carácter frío e impasible, y del gran dominio que tenía sobre sus nervios, no pudo evitar un instintivo movimiento que aquel criado tomó por una negativa.
—¡Qué! ¿No quiere el señor venir?
Zarzoso parecía dudar y, por fin, contestó:
—Iré después, cuando termine la consulta.
—¡Por Dios!, señor doctor. Ese retardo sería fatal; el señorito está muy enfermo y su madre, la condesa, es capaz de morirse de desesperación si usted tarda en presentarse.
—¿Es el hijo de la condesa el enfermo?
—Sí, señor doctor; su hijo, su hijo único; un niño que siempre está enfermo. La señora condesa tiene en usted gran confianza y me ha encargado que no volviera sin que usted viniese conmigo. El señor doctor comprenderá que cuando la condesa se decide a llamarle el caso debe ser muy urgente.
A Zarzoso le pareció que el criado decía estas últimas palabras con cierta intención, y hasta creyó ver en sus ojos una expresión maliciosa que subrayaba lo anteriormente dicho.