—“¡Yo soy el responsable de ese rompimiento!”, decía con acento quejumbroso. “¡Yo soy el autor de la degradación de ese joven!”
Era ya cerca de media noche, cuando sonó en el salón un suspiro sordo, pero tan angustioso, que a Perico, según su propia expresión, le puso los cabellos de punta.
Entró apresuradamente en la gran sala y aún pudo ver a su señor que acababa de levantarse del sillón y que, tambaleándose, con las manos puestas en el pecho, como si pretendiera abrírselo en un fiero arranque de angustia, anduvo dos o tres pasos para caer después desplomado.
Cuando Perico, a pesar de su dolorosa sorpresa, se convenció de que su señor había muerto, pidió socorro a los porteros; y mientras el marido iba en busca de los dos amigos del difunto que vivían más próximos, la mujer se dirigió a la Comisaría del barrio para que se instruyeran las diligencias propias del caso. El médico oficial, que debía de volver al día siguiente a practicar la autopsia, manifestó que don Esteban había muerto a consecuencia de la ruptura de un aneurisma que se le había formado hacía ya mucho tiempo.
Los dos amigos, en vista del aturdimiento de Perico, se encargaron de todas las gestiones que era necesario hacer en tales circunstancias.
Agramunt redactó unas cuantas líneas para los periódicos de la mañana, anunciando la muerte de aquel emigrado que había perecido en la obscuridad a pesar de haber desempeñado altos cargos; y mientras el portero iba a llevarlas a las Redacciones, él, impulsado por su actividad de buen muchacho servicial, salió para ir a una Agencia de pompas fúnebres, a arreglar lo concerniente al entierro, que se había de verificar al día siguiente, a las tres de la tarde.
Zarzoso se quedó solo en el salón, frente al abandonado cadáver de Alvarez, mientras Perico, fuera, en el comedor, disputaba con la vieja portera, que, en vista de su angustia, quería hacerle tragar algunas tisanas para calmarle.
El médico miraba con terror el cadáver de su viejo amigo.
Aquellas frases incoherentes que Alvarez había pronunciado antes de morir, y que resultaban ininteligibles para su criado, las comprendía él fácilmente, y sentía por ello intenso remordimiento.
Aquel hombre desgraciado había fallecido víctima de la preocupación dolorosa que en él produjo la creencia de que, involuntariamente, había sido la causa del rompimiento de relaciones entre Zarzoso y María.