—¿Dices que el doctor Zarzoso ha estado aquí?

—Sí, reverendo padre; aquí ha estado hasta esta madrugada y él es quien ha sacado al señorito de las garras de la muerte. Le he visto yo mismo: es un joven delgado, con gafas, muy serio y muy afable y simpático.

El jesuíta quedó reflexionando por algunos minutos, y dijo después:

—¿Ha quedado en volver por aquí?

—Sí, reverendo padre; vendrá esta tarde a las dos.

—Pues bien—dijo el jesuíta con acento imperioso, después de una pequeña vacilación—; cuando venga, lo haces entrar en el salón del piso bajo, diciéndole que espere un momento hasta que la señora se prepare para recibirle; yo estaré allí.

—Está bien, padre Tomás.

—Hasta luego, hijo mío; ahora tengo que despachar algunos asuntos.

Y el jesuíta se alejó del hotel sin que María se apercibiera de su llegada, pues la pobre madre, a pesar del sueño y del cansancio, no quería separarse un solo instante de la cama de su hijo.

III