Y el pobre viejo hablaba con voz ronca, gesticulando y braceando como un loco.
Los ayudantes y el portero permanecían inmóviles, sosteniendo el cadáver, ante aquel hombre imponente en su dolor, que parecía cerrarles el paso; y como uno de ellos, en su aturdimiento, soltase la cabeza del muerto, que cayó pesadamente hacia atrás, el viejo exclamó con ira:
—¡Tened más cuidado, animales! ¿No veis que le estáis haciendo daño? Esperad, que allá voy yo.
Y al sostener entre sus manos la helada cabeza del joven, toda su ira desapareció, e inclinándose sobre ella estampó un beso en aquella boca lívida, a la que asomaba una espuma sanguinolenta.
—¡Pobrecito! ¡Chiquitín mío!—gritó con una voz que parecía un aullido doloroso y que causó escalofríos de terror a los hombres que estaban presentes—. ¿Por qué me has engañado? ¿Por qué fuiste a morir sin acordarte de mí, que soy tu padre? ¡Ay! ¿Qué haré yo ahora, sólo en el mundo, sin este muchacho que era toda mi familia?
Miró con ojos de idiota a aquellos tres hombres, como si no los reconociera, y les dijo:
—Ustedes no saben quién era mi Juanito. ¡Qué han de saber ustedes hasta dónde llegaba esta cabeza que tengo entre mis manos! De estudiante, asombraba a los profesores de San Carlos por su aplicación y su portentosa inteligencia; yo estaba tan orgulloso que hasta me hacía la ilusión de que lo había parido; después, en París, se mostró como un portento, y si quisiera les enseñaría a ustedes cartas de Charcot y de otros sabios, en que hablan de mi niño como de un compañero, y luego aquí ha hecho curas tan grandes, que yo mismo me consideraba a su lado como un discípulo ignorante. Además..., ¡tan bueno!, ¡tan sencillo!, siendo el consuelo de los enfermos pobres y el salvador de todos esos chicuelos haraposos que vienen aquí por las mañanas... Respondan ustedes: ¿Había alguien mejor que él? ¡Nadie! no hay en todo Madrid quién pudiera descalzarle. ¡Vaya un suceso divertido! ¡Y luego aún hay imbéciles que se empeñan en hacernos creer que existe Dios, la Providencia Divina y todas esas zarandajas, buenas para engañar a los tontos!...
El viejo miró arriba, y rechinando los dientes, rugió:
—¡Baja, bandido!..., ¡baja si te atreves, y me explicarás el por qué de esa inmensa sabiduría, que mientras consiente la muerte de un hombre benéfico y virtuoso, deja en pie a un canalla, y hiere mortalmente a un pobre anciano!
El doctor seguía a aquellos hombres que iban empujando el cadáver dentro de la habitación. No soltaba la cabeza de su sobrino, y cuando al atravesar uno de los salones de espera la luz del balcón dió de lleno en aquel rostro de lívida palidez, el viejo, con un rugido, hizo detener a los conductores: