El día anterior había reñido definitivamente con su prima. Estaba harto de sus caprichos y sus escándalos. Ahora sería hombre serio, para no dar disgustos a Pablo, que era como su padre. Pensaba dedicarse a la política; ser diputado. Otros de la tierra lo eran, sin otro mérito que una fortuna y un nacimiento iguales a los suyos. Además, contaba con el apoyo de los Padres de la Compañía, sus antiguos maestros, que no dejarían de felicitarse al verle en el hotel de su primo hecho un hombre serio, ocupándose en defender los sagrados intereses sociales.
Pero se cansó pronto de hablar en este tono y miró a su aperador con cierta curiosidad.
—Rafael, ¿sabes que eres un valiente?...
Fue su única alusión a la escena de aquella noche. Después, como arrepentido de dar tan en absoluto esto certificado de valor, añadió modestamente:
—Yo, tú y el Chivo, somos los tres hombres más hombres de Jerez. ¡Cualquiera se nos pone delante!...
Rafael escuchábale impasible, con el gesto respetuoso de un buen servidor. Lo único que le interesaba de todo aquello, era la seguridad de continuar en Matanzuela.
El amo le pidió después noticias del cortijo. Su poderoso primo, que todo lo sabía, al reñirle por aquella juerga, de la que se hablaba mucho en Jerez (esto lo decía con cierto orgullo), le había mentado a una gitana enferma del susto. ¿Qué era aquéllo? Y escuchó, con aire de aburrimiento, las explicaciones de Rafael.
—Total, nada: ya sabemos cómo exageran los gitanos. Eso pasará. ¡Un susto, por un novillo suelto!... ¡Si eso es una broma corriente!
Y enumeraba todas las comidas de campo, con gentes ricas, que habían tenido como final esta broma ingeniosa. Luego, con gesto magnánimo, dio órdenes a su aperador.
—Entrega a esa pobre gente lo que necesite. Págale a la muchacha el jornal mientras esté enferma. Quiero que mi primo se convenza de que no soy tan malo como cree y que también sé hacer la caridad cuando me toca.