—Es el señorito Dupont—les dijo el camarero—que está con unos amigos y una jembra magnífica que se ha traído de Sevilla. Ahora empieza la juerga... ¡hay tela cortada lo menos hasta mañana!

Los dos amigos buscaron el cuarto más lejano para que el estrépito de la fiesta no interrumpiese su conversación.

Montenegro encargó su comida, y el criado puso la mesa en aquel cuartucho, que olía a vino, y, por lo menguado, parecía un camarote. Poco después volvió con una gran batea llena de cañas. Era un obsequio de don Luis.

—El señorito—dijo el camarero—se ha enterado de que están aquí, y les envía esto. Además, pueden ustedes tomar lo que gusten; todo está pagado.

Fermín le encargó anunciase a don Luis que pasaría a verle así que terminase su comida, y cerrando la puerta del camarote se quedó solo con Rafael.

—Vamos, hombre—dijo señalándole los platos:—ponte de eso.

—Yo no como—contestó Rafael.

—¿Que no comes? Vaya... pasarás del aire como todos los enamorados... ¿Pero beber sí que beberás?

Rafael hizo un gesto, como extrañando lo superfluo de la pregunta. Y sin levantar la vista de la mesa, comenzó a apurar rabiosamente las cañas que tenía delante.

—Fermín—dijo de pronto mirando a su amigo con los ojos enrojecidos.—Yo estoy loco... loco perdío.