Fermín movió la cabeza con aire incrédulo. Salvatierra le había escrito algunos días antes, sin manifestar propósitos de volver a Jerez. Dudaba de que fuese cierto su viaje. Además, le parecía inverosímil este intento de sublevación. Sería una alarma más de las muchas inventadas por la desesperación de los hambrientos. Equivalía a una locura intentar la invasión de la ciudad estando en ella las tropas.

—Ya verá usted, padre, cómo si se reúnen en Caulina, quedará todo reducido a gritos y amenazas, como en las reuniones en los ranchos. Y de don Fernando, no pase usted pena. Tengo la convicción de que está en Madrid. No es tan insensato que vaya a comprometerse en una locura como esta.

—Lo mismo creo, hijo; pero por lo que pueda ocurrir, procura tú mañana no mezclarte con esos locos, si es que entran en la ciudad.

Fermín miraba a todos lados, buscando con los ojos a su hermana. Por fin salió de la casa María de la Luz, sonriendo a su Fermín, acogiendo su visita con exclamaciones de alegre sorpresa. El muchacho la miró con atención. ¡Nada! De no hablarle Rafael, no hubiera podido adivinar aquellas tristezas que habían cortado sus amores.

Transcurrió más de una hora sin que pudiese hablar a solas con su hermana. En las miradas fijas de Fermín parecía adivinar la moza algo de sus pensamientos. Procuraba mostrarse impasible, pero su rostro, tan pronto palidecía con la transparencia de la cera, como se arrebolaba con una oleada de sangre.

El señor Fermín bajó la cuesta de la viña, yendo al encuentro de unos arrieros que pasaban por la carretera. Su aguda vista de campesino les reconocía desde lo alto. Eran amigos, y quería saber por ellos lo que hablaban en los ranchos de la reunión del día siguiente.

Al quedar solos los dos hermanos, cruzaron sus miradas en medio de un silencio embarazoso.

—Tengo que hablarte, Mariquita—dijo al fin el muchacho con resolución.

—Pues empieza cuando quieras, Fermín—contestó ella con acento tranquilo.—Ya adiviné al verte que por algo venías.

—No: aquí no. Podría volver padre, y lo que nosotros hemos de hablar requiere tiempo y calma. Vamos a dar un paseo.