—Según eso—dijo con una calma solemne,—tú te consideras indigna de Rafael. Huyes porque hay algo en tu vida que puede avergonzarle, hacerle infeliz.

—Sí—contestó ella sin bajar los ojos.

—¿Y qué es ello? Habla: creo que un hermano debe saberlo.

María de la Luz volvió a ocultar su cabeza entre los manos. Nunca: no hablaría: bastante llevaba dicho. Era un tormento superior a sus fuerzas. Si Fermín la quería un poco; debía respetar su silencio, dejarla en paz, que harto lo necesitaba. Y el estertor de sus lloros, rasgó de nuevo la calma del crepúsculo.

Montenegro mostrábase tan desalentado como su hermana. Después de sus arrebatos de indignación, sentíase débil, reblandecido, anonadado por aquel misterio, que sólo había podido columbrar. Hablaba con dulzura, con humildad, recordando a la joven el estrecho cariño que unía sus vidas.

No habían conocido a su madre, y Fermín ocupó para la pequeña el vacío que dejó al morir aquella mujer, cuyo rostro, bondadoso y triste, apenas si recordaban. ¿Cuántas veces, a la edad en que otros muchachos se duermen en un regazo tibio, había hecho de madre para ella, meciéndola muerto de sueño, sufriendo sus llantos y sus manotones? ¿Cuántas veces, en la época de miseria, cuando el padre no tenía trabajo, había sofocado su hambre para darla el mendrugo que le regalaban otros chicos, compañeros de sus juegos?... Cuando ella sufrió las enfermedades de la infancia, su hermano, que apenas pasaba la cabeza del borde de la cama, la había velado, había dormido con ella sin miedo a la infección. Eran más que hermanos: la mitad de su vida la habían pasado juntos, en contacto desde los pies a la frente, mezclando sus alientos, confundiendo sus sudores. Cada uno de ellos no sabía lo que en su cuerpo era suyo o asimilado del otro.

Después, al ser mayores, este amor fraternal soldado por las penas de una infancia triste, se había agrandado. Él no pensaba en casarse, como si su misión en el mundo fuese vivir al lado de su hermana, viéndola feliz con un hombre bueno y noble como Rafael, dedicando toda su vida a los hijos que ella tuviese... Para Fermín no guardaba secretos Mariquita. Corría a él, en los momentos de duda, antes que al padre... ¡Y ahora, la ingrata, como si de repente se endureciese su alma, dejaba impasible que él sufriese, sin revelar aquel misterio de su vida!

—¡Ah, mal corazón! ¡Mala hermana!... ¡Y cuán poco te conocía!

Estos reproches de Fermín, dichos con voz entrecortada, como si fuese a llorar, causaron más efecto en María que las amenazas y violencias de antes.

—Fermín... quería ser muda para que no sufrieses; porque sé que la verdad te hará daño. ¡Ay, Jesús mío! ¡Destrozarles el alma a los dos hombres que más quiero!...