—¡Le odio! ¡Le aborrezco!—decía Mariquita.—¡Que no venga! ¡No quiero verle!...

Pero sus protestas se estrellaron ante la firmeza del hermano. Ella podía mandar en sus afectos, pero por encima estaba el honor de su casa. Quedar soltera, ocultando su deshonra, con el triste consuelo de no haber engañado a Rafael, podía satisfacerla. ¿Pero y él, que era su hermano? ¿Cómo podría vivir, viendo a todas horas a Luis Dupont, sin exigirle una reparación por su ultraje, pensando que el señorito se reía interiormente de su hazaña, al encararse con él?...

—A callar, Mariquita—dijo con dureza.—A callar, y ser obediente. Ya que como mujer no has sabido guardarte, deja que tu hermano defienda la honra de la familia.

Había cerrado la noche y los dos hermanos emprendieron cuesta arriba el regreso a su casa. Fue una ascensión lenta, penosa, temblándoles las piernas, zumbándoles los oídos, jadeando sus pechos, como si les aplastase un peso enorme. Parecíales que llevaban en hombros un muerto gigantesco, algo que había de pesar sobre el resto de su existencia.

Los hermanos pasaron mal la noche. Durante la velada sufrieron el tormento de tener que sonreír al pobre padre, de seguir su conversación sobre los sucesos que se preparaban para el día siguiente, de manifestar Fermín sus opiniones acerca de la asamblea de los rebeldes en los llanos de Caulina.

El joven no pudo dormir. Adivinaba, al otro lado del tabique, el insomnio de Mariquita; oía el continuo revólver de su cuerpo en la cama, prorrumpiendo en suspiros dolorosos.

Poco después del alba, Fermín salió de Marchamalo, dirigiéndose a Jerez sin despedirse de su familia. Al bajar a la carretera, lo primero que vio junto al ventorro fue a Rafael, sobre su jaca, plantado en medio del camino, como un centauro.

—Cuando tan pronto vienes, algo güeno ties que dicirme—exclamó el mocetón con una confianza cándida que a Fermín casi le arrancó lágrimas.—Suelta por esa boca, Ferminillo mío, ¿qué resultao traes de tu embajada?...

Montenegro tuvo que hacer un esfuerzo violento para mentir, ocultando con vagas palabras su turbación.

El asunto marchaba así, así; no del todo mal. Podía estar tranquilo: caprichitos de mujer sin fundamento alguno. El insistiría para que todo se arreglase. Lo importante era que Mariquita le quería lo mismo que antes. Podía estar seguro de esto.