—Usted es el jefe de los suyos y por esto vengo a buscarle. Usted tiene medios de realizar el bien y devolver su honor a una familia.

—¡El jefe!... ¡el jefe!—murmuró irónicamente don Pablo. Y quedó en silencio, como si buscase la solución del asunto.

Luego habló de María de la Luz. Había pecado gravemente y tenía mucho de qué arrepentirse. Podía servirle de excusa ante Dios su estado extraordinario, su falta de voluntad; pero la embriaguez no era una virtud, y el pecado carnal, pecado era... Había que salvar el alma de la infeliz, facilitarla los medios pura que ocultase su vergüenza.

—Yo creo—añadió después de una larga reflexión—que lo mejor será que tu hermana entre en un convento... No tuerzas el gesto; no creas que quiero enviarla a un convento cualquiera. Hablaré con mi madre: nosotros sabemos hacer las cosas. Irá a un convento de señoras, de religiosas distinguidas, y la dote será cosa nuestra. Ya sabes que por dinero no discuto. Cuatro mil, cinco mil duros... lo que sea. ¡Eh! ¡Me parece que la solución no es mala! Allí, en el recogimiento, limpiará su alma de culpas. Yo podré llevar entonces mi familia a la viña, sin miedo a que los míos se rocen con una desdichada que ha cometido el más torpe de los pecados, y ella vivirá como una gran señora, como una esposa distinguida de Dios, rodeada de toda clase de comodidades, ¡hasta con criadas, Fermín!, y ya ves que esto vale algo más que quedarse en Marchamalo guisando la comida de los viñadores.

Fermín se había puesto de pie, pálido, con las cejas fruncidas.

—¿Eso es todo lo que usted tiene que decir?—preguntó con voz sorda.

El millonario asombrose de lo actitud del joven. Qué, ¿no le parecía bastante? ¿Tenía él una solución mejor? Y con inmensa extrañeza, como si hablase de algo disparatado e inaudito, añadió:

—¡A no ser que hayas soñado con que mi primo se case con tu hermana!...

—No haría con ello nada de más. Esto es lo lógico, lo natural, lo que aconseja el honor, lo único que puede hacer un cristiano como usted.

Dupont volvió de nuevo a exaltarse.