El amo hablaba precipitadamente, con el pensamiento puesto en la próxima invasión de desesperados, y empujaba a Fermín, acompañándolo hasta la puerta, como si olvidase su asunto.
—¿En qué quedamos, don Pablo?
—¡Ah, sí! Tu asunto... lo de la muchacha. Veremos: pasa otro rato; yo hablaré con mi madre. Lo del convento es lo mejor: créeme.
Y como sorprendiese en el rostro de Fermín una mueca de protesta, volvió a su tono de humanidad.
—Hombre: no pienses en eso del casamiento. Ten lástima de mi y de mi familia. ¿No tenemos aún bastantes penas? Las niñas del marqués, que nos avergüenzan viviendo con la canalla: Luis, que parecía en el buen camino, y ahora sale con esa aventura... ¿Y aun quieres afligirnos a mi madre y a mí, pidiendo que un Dupont se case con una muchacha de una viña? Yo creía que nos considerabas más. Ten compasión de mí, hombre: tenme compasión.
—Sí, don Pablo, le compadezco—dijo Fermín irónicamente, deteniéndose en la puerta.—Es usted digno de lástima por el estado de su alma. Su religión es distinta de la mía.
Dupont se hizo atrás, olvidando de pronto todas sus preocupaciones. Le habían tocado el punto vulnerable de su verbosidad. ¡Y un empleado suyo se atrevía a decirle tales cosas!...
—Mi religión... mi religión—exclamó colérico, no sabiendo por dónde comenzar.—¿Qué tienes tú que decir de ella? Mañana discutiremos en el escritorio... y si no, ahora mismo...
Pero Fermín no le dejó continuar.
—Mañana no será fácil—dijo con calma.—No nos veremos mañana, y tal vez nunca. Ahora tampoco puede ser: tengo prisa... ¡Salud, don Pablo! No volveré a molestarle: no tendrá usted que pedirme más compasión. Lo que me toque hacer, lo haré por mí mismo.