Pero el gitano contestaba a la proposición con exagerados ademanes de miedo. La gente de su raza no gustaba de guerras. ¡Coger él un fusil! ¿Acaso habían visto muchos gitanos que fuesen soldados?...
—Pero robar sí que robarás—le decían otros.—Cuando toque el momento del reparto ¡cómo te vas a poner el cuerpo, gachó!
Y Alcaparrón reía como un mono, frotándose las manos al hablar del saqueo, halagado en sus atávicos instintos de raza.
Un antiguo gañán de Matanzuela le recordó a su prima Mari-Cruz.
—Si eres hombre, Alcaparrón, esta noche podrás vengarte. Toma esta hoz y se la metes en el vientre al granuja de don Luis.
El gitano rehusó la mortífera herramienta, huyendo del grupo para ocultar sus lágrimas.
Comenzaba a anochecer. Los jornaleros, cansados de la espera, se movían, prorrumpiendo en protestas. ¡A ver! ¿quién mandaba allí? ¿Iban a permanecer toda la noche en Caulina? ¿Dónde estaba Salvatierra? ¡Que se presentase!... Sin él no iban a ninguna parte.
La impaciencia y el descontento hicieron surgir un jefe. Se oyó la voz de trueno de Juanón sobre los gritos de la gente. Sus brazos de atleta se elevaron por encima de las cabezas.
—¿Pero quién dio la orden para reunirnos?... ¿El Madrileño? A ver: que venga: que lo busquen.
Los obreros de la ciudad, el núcleo de compañeros de la idea que había salido de Jerez y tenía empeño en volver a entrar con la gente del campo, se agrupó en torno de Juanón, adivinando en él al jefe que iba a unir todas las voluntades.