Un grupo de cinco braceros tropezó en una calleja con un señorito. Eran de los más feroces de la banda; hombres que sentían una impaciencia homicida, al ver que transcurrían las horas sin que corriese la sangre.
—Las manos; enséñanos las manos—rugieron rodeándole, elevando sobre su cabeza las cuchillas cuadradas y relucientes.
—¡Las manos!—contestó de mal humor el joven, desembozándose.—¿Y por qué he de enseñarlas? No me da la gana.
Pero uno de ellos le agarró los brazos con sus zarpas, y de un violento tirón, le hizo enseñar las manos.
—¡No tié callos!—exclamaron con lúgubre alegría.
Y se hicieron un paso atrás, como para caer sobre él con mayor ímpetu. Pero les detuvo la serenidad del joven.
—No tengo callos, ¿y qué? Pero soy un trabajador como vosotros. Tampoco los tiene Salvatierra, ¡y para que seáis más revolucionarios que él!...
El nombre de Salvatierra pareció detener en lo alto las pesadas cuchillas.
—Dejad al muchacho—dijo a espaldas de ellos la voz de Juanón.—Yo le conozco y respondo de él. Es el amigo del compañero Fernando; es de la idea.
Aquellos bárbaros abandonaron a Fermín Montenegro con cierta pena, viendo malogrado su placer. La presencia de Juanón les imponía respeto. Además, por el fondo de la calleja avanzaba otro joven. Aquel no sería de la idea; algún retoño de burgués, que se retiraba a su casa.