—Yo—decía el borracho con orgullo—he ayudado a detener a más de una docena. Además, he repartido no sé cuántas bofetadas entre esa gentuza, que, luego de acorralada, aún hablaba mal de las personas decentes... ¡Buena tunda van a llevar!... ¡Viva la guardia civil! ¡Vivan los ricos!

Y como si estas aclamaciones le secasen el gaznate, hizo una seña al Chivo, que acudió, presentando dos cañas de vino.

—Bebe—ordenó Luis a su amigo.

Fermín vaciló.

—No tengo ganas de beber—dijo con voz sorda.—Lo que deseo, es hablar contigo, y en seguida. Hablar de algo muy interesante...

—Está bien: ya hablaremos—contestó el señorito sin dar importancia a la petición.—Hablaremos tres días seguidos: pero primero hay que cumplir el deber. Quiero obsequiar con una copa a todos los valientes que conmigo han salvado a Jerez. Porque, créeme, Ferminillo, que soy yo, sólo yo, quien ha resistido a esos pillos. Mientras las tropas estaban en los cuarteles, yo estaba en mi sitio. ¡Me parece que la ciudad me lo debe agradecer, haciéndome algo!...

Pasó un pelotón de jinetes, con los caballos al trote. Luis avanzó hacia el oficial, llevando en alto una copa de vino; pero el militar pasó adelante sin hacer caso del ofrecimiento, seguido de sus soldados, que casi atropellaron al señorito.

Su entusiasmo no se enfrió por esta falta de atención.

—¡Olé, los jinetes garbosos!—dijo arrojando su sombrero a las patas traseras de los caballos.

Y al recogerlo, cuadrose, y con gesto grave, llevándose una mano al pecho, gritó: