Y para salir del paso, pretendía dejar la conversación para el día siguiente. Examinarían con más claridad el asunto... El temor de verse obligado a aceptar las proposiciones de Montenegro le hacía insistir en su negativa. Todo menos casarse... No le era posible; le repudiaría su familia, se reiría de él la gente; perdería su porvenir político.
Pero el hermano insistió con una firmeza que aterraba a Luis:
—Te casarás; no hay otro remedio. Harás lo que debes, o uno de nosotros está de sobra en el mundo.
La manía de la guapeza reapareció en Luis. Se sentía fuerte pensando que el Chivo estaba cerca, que tal vez oía sus palabras en el inmediato corredor.
¿Amenazas a él? No había en todo Jerez quien se las dirigiera impunemente. Y se llevaba la mano al bolsillo, acariciando el revólver invicto que había estado próximo a salvar la ciudad, repeliendo él solo toda la invasión. El contacto del cilindro del arma pareció comunicarle nuevos bríos.
—¡Ea! se acabó. Haré lo que buenamente pueda para quedar bien, como un caballero que soy. Pero no me caso, ¿lo entiendes? No me caso... Además, ¿por qué he de ser yo el culpable?
El cinismo brillaba en sus ojos. Fermín apretaba los dientes y hundía sus manos en los bolsillos, haciéndose atrás, como si temiese las palabras crueles que iban a salir de la boca del señorito.
—¿Y tu hermana?—prosiguió.—¿No tiene ella la culpa? Tú eres un infeliz, un chiquillo. Créeme; a la que no quiere, no la fuerzan. Yo soy un perdido, conforme; pero tu hermana... tu hermana es algo...
Dijo la palabra insultante, pero apenas si se oyó.
Fermín abalanzose a él con tal ímpetu, que rodaron las sillas y tembló la mesa, deslizándose con el empujón hasta la pared. Llevaba en una mano la navaja de Rafael, el arma que había olvidado dos días antes el aperador en aquel mismo colmado.