—¡Ay, padrino! ¡y qué gorpe me han dao! Yo creo que voy a morir... ¡Y no poer vengarme! ¡Irse del mundo aquel sinvergüensa, sin que yo le metiese una puñalá! ¡No poer resucitarlo pa volverle a matar!... ¡Cuántas veces se habrá burlao el ladrón, viéndome hecho un bobo, sin saber lo que ocurría!...

En su tristeza de macho fuerte, lo que más le desesperaba era lo ridículo de su situación, al servir a aquel hombre. Lloraba porque su mano no había sido la ejecutora de la venganza.

Ya no quería trabajar. ¿De qué servía el ser bueno? Iba a volver a la vida del contrabando. ¿Mujeres?... para un rato, y después tratarlas a golpes como bestias impúdicas y sin corazón... Quería declararle la guerra a medio mundo, a los ricos, a los que gobernaban, a los que infundían miedo con sus fusiles, y eran la causa de que los pobres fuesen pisoteados por los poderosos. Ahora que la gente pobre de Jerez andaba loca de terror, y trabajaba en el campo sin levantar la vista del suelo, y la cárcel estaba llena, y muchos que antes querían tragárselo todo iban a misa para evitar sospechas y persecuciones, ahora empezaba él. Iban a ver los ricos qué fiera habían echado al mundo, por destrozar uno de ellos sus ilusiones.

Lo del contrabando era para entretenerse. Más adelante, cuando recogiesen las cosechas, prendería fuego a los pajares, incendiaría los cortijos, envenenaría los ganados de las dehesas. Los que estaban en la cárcel, esperando el momento del suplicio, Juanón, el Maestrico y los otros desgraciados que morirían en garrote, iban a tener un vengador.

Si encontraba hombres con bastante corazón para seguirle, formaría una partida de a caballo, dejando como un niño de teta a José María el Tempranillo. Por algo conocía la sierra. Ya podían prepararse los ricos. Abriría en canal a los malos, y los buenos sólo podrían salvarse dándole dinero para los pobres.

Exaltábase al desahogar su cólera con estas amenazas. Hablaba de hacerse bandolero, con el entusiasmo que desde la niñez sienten los jinetes rústicos por los aventureros de carretera. Para él, todo hombre ofendido sólo podía buscar su venganza haciéndose ladrón.

—Me matarán—continuaba—pero antes de que me maten, diga usted, padrino, que habré acabao con medio Jerez.

Y el viejo, que participaba de las mismas preocupaciones que el mozo, aprobaba con la cabeza. Hacía bien. De ser él joven y fuerte, tendría un compañero más en la partida.

Rafael ya no volvió. Huía de que el demonio le pusiera enfrente de María de la Luz. Al verla, podía matarla o podía echarse a llorar como un chiquillo.

De vez en cuando, llegaba en busca del señor Fermín alguna gitano viejo, algún mochilero de los que vendían, en cafés y casinos, su exiguo cargamento de tabaco.