Y los gañanes, según confesión de Zarandilla, «se dejaban querer», rezaban y bebían, fisgándose un tanto del amo con burlona gravedad, y llamándole «primo».

La larga permanencia de Zarandilla al lado de Salvatierra, y la curiosidad que éste inspiraba, acabaron por vencer el apartamiento de los gañanes. Algunos se aproximaron, y poco a poco fue formándose un corro en torno del rebelde.

Uno de los más viejos le habló con tono socarrón. Si don Fernando corría el campo para soltar soflamas como en otra época, perdía el tiempo. La gente estaba escamada: era como el gato escaldado del refrán. Y no es que los gañanes estuvieran bien. Se iba viviendo, pero peor estaban los pobres a los que habían ajusticiado en Jerez.

—Los viejos—continuó aquel filósofo rústico—aún le tenemos cierto aquel a su mercé y a los de su época. Sabemos que no se han hecho ricos con sus sermones como muchos otros: sabemos que han padecío y se las han tragao de muy duras... Pero mire su mercé a los chavales.

Y señalaba a los que se habían quedado sentados sin aproximarse a Salvatierra; todos jóvenes. De vez en cuando miraban al revolucionario con ojos insolentes. «¡Un tío embustero, como todos los que se presentaban en busca de los trabajadores! Los que habían seguido sus doctrinas pudrían tierra en el cementerio, y él estaba allí... Menos sermones y más trigo...» Ellos eran listos, habían visto lo suficiente para enterarse y estaban con el que daba. El verdadero amigo de los pobres era el amo con su jornal; y si encima daba vino, mejor que mejor. Además, ¿qué podía importarle la suerte de los trabajadores a aquel tío que vestía de señor, aunque raído como un pordiosero, y no tenía callos en las manos? Lo que deseaba era vivir a costa de ellos; un falsario como tantos otros.

Salvatierra adivinaba estos pensamientos en los ojos hostiles.

La voz del viejo rústico seguía acosándole con su socarrona filosofía.

—¿Por qué ha de tomarse su mercé esos fríos y calores por lo que les pasa a los pobres, don Fernando? Déjelos: si ellos están contentos, su mercé también. Además, todos estamos escarmentaos. Con los de arriba no se puede. Su mercé, que sabe tanto, vea de conquistar a la guardia civil, tráigasela a su idea, y cuando se presente al frente de los tricornios, pierda cuidao, que todos le seguiremos.

El viejo llenó un vaso de vino y se lo presentó a Salvatierra.

—Beba su mercé, y no se haga mala sangre queriendo arreglar lo que no tiene arreglo. En el mundo no hay de verdá más que eso. Los amigos, unos falsos; la familia... buena pa comérsela con patatas. Todas esas cosas de rivoluciones y repartos, mentiras, palabras pa engañar a los pimplis. Esto es la única verdá, ¡el vino!: de trago en trago nos lleva entretenidos y alegres hasta la muerte. Beba, don Fernando; se lo ofrezco porque es nuestro, porque nos lo hemos ganado. Es barato: sólo cuesta una misa.