Rafael sólo había visto a los gitanos trabajar la tierra en aquella parte de Andalucía. La afición de la gente a los caballos parecía haberles expulsado de esta industria, que era la suya en todo el mundo, obligándoles a buscar la vida en los cortijos.
Las mujeres valían más que los hombres: secas, negras, angulosas, con unos pantalones varoniles bajo las faldas, doblábanse el día entero para escardar el trigo o arrancar las semillas. A veces, cuando no los vigilaban de cerca, apoderábase de ellos la indolencia de raza, el deseo de permanecer inmóviles, mirando el horizonte, sin ver nada ni pensar en nada. Pero así que presentían la proximidad del aperador, corría la voz de alarma en aquel caló que era su única fuerza de resistencia, lo que les aislaba de la animadversión de los compañeros de trabajo.
—¡Cha: currela, que sinela er jambo!
«¡Oye: trabaja, que mira el amo!» Y cada uno se entregaba a su faena, con tal ardor, con esfuerzos tan cómicos, que muchas veces Rafael no podía contener la risa.
Había cerrado la noche. La lluvia caía como polvo de agua, sobre los guijarros del patio. Salvatierra habló de ir a la gañanía, sin prestar atención a las protestas del aperador. ¿Pero, realmente, tenía empeño en dormir allí, un hombre de su mérito?...
—Ya sabes de dónde vengo, Rafael—dijo el revolucionario.—Llevo ocho años de dormir en peores sitios y entre gentes más infelices.
El aperador hizo un gesto de resignación y llamó a Zarandilla, que estaba en la cuadra. El viejo le serviría de acompañante; él se quedaba allí.
—No me conviene entrar en la gañanía, don Fernando. Hay que conservar cierto aquel de autoridad; si no, toman confianza con uno y está perdido.
Y hablaba del aquel de la autoridad, con firme convicción, respetándola como necesaria, después de haberla violentado muchas veces en las rudas aventuras de su primera juventud.
Salvatierra y el viejo salieron del patio entre los ladridos de los perros, y siguiendo el muro exterior, llegaron a un cobertizo que daba entrada a la gañanía.