Y reanudaron el canto y el palmoteo con nuevos bríos.

Un gañán ofreció una copa de aguardiente a Juanón, que la rechazó con su manaza.

—Eso es lo que nos pierde—dijo sentenciosamente.—La bebía mardita.

Y apoyado por los gestos de aprobación del Maestrico, que había guardado sus avíos de escribir para unirse al grupo, Juanón anatematizó la embriaguez. Aquella gente miserable lo olvidaba todo cuando bebía. Si llegaban a sentirse hombres alguna vez, no tendrían los ricos más que abrir las puertas de sus bodegas para vencerlos.

Muchos en el grupo protestaron de las palabras de Juanón. ¿Qué podía hacer un pobre sino beber, para olvidar su miseria? Y roto el silencio respetuoso que imponía la presencia de Salvatierra, hablaron muchos a un tiempo, para expresar sus dolores y sus cóleras. La comida era cada vez peor: los ricos abusaban de su fuerza, de aquel miedo que habían infundido y propalado.

Únicamente en la época de la trilla les daban un guiso de garbanzos: el resto del año pan, sólo pan, y en muchos sitios, tasado. Explotaban hasta sus necesidades más imperiosas. Antes, al arar la tierra, por cada diez arados había un hombre suplente, que ocupaba el sitio del que se retiraba un momento para librarse de los residuos del gazpacho. Ahora, para economizarse este suplente, daban cinco céntimos al arador, con la condición de no abandonar la yunta aunque el estómago le atormentase con los más crueles llamamientos, y a esto le llamaban ellos con una sorna triste, «vender el... sitio más innoble del cuerpo».

Cada año venían a los cortijos más mujeres de la sierra. Las hembras eran sumisas; la debilidad femenil las hacía temer al arreador y se esforzaban en su trabajo. Los manijeros, agentes reclutadores, bajaban de la montaña al frente de sus bandas empujadas por el hambre. Describían en los pueblos la campiña de Jerez como un lugar de abundancia, y las familias confiaban al manijero las hijas apenas entradas en la pubertad, pensando, con una avidez sin entrañas, en los reales que traerían recogidos después de la temporada de trabajo.

El arreador de Matanzuela y algunos del corro, que eran manijeros, protestaron. Los hombres de la gañanía que aún no dormían habíanse agrupado en torno de Salvatierra.

—Nosotros somos mandaos—dijo el arreador.—¿Qué hemos de jacer, pobres de nosotros? Eso, a los amos, que son los que nos mandan.

El viejo Zarandilla intervino también, por considerarse comprendido en el llamado gobierno del cortijo. ¡Los amos!... Ellos podían arreglarlo todo, sólo con acordarse un poco del pobre; con tener caridad, mucha caridad.