La Marquesita protestó.
—¿Y nosotras qué somos, mamarracho?
—Sí; eso es: ¿qué somos nosotras?—añadieron como un eco las dos de Moñotieso.
El Chivo se dignó explicarse. Él no quería fartar a las señoras presentes; quería decir que la juerga, para que marchase bien, necesitaba más mujerío.
El señorito se puso de pie con resolución. ¿Mujerío?... Él lo tenía; en Matanzuela había de todo. Y empuñando una botella, dio orden a Rafael para que le acompañase a la gañanía.
—Pero, señorito, ¿qué va a jacer su mercé?...
Luis obligó al aperador a que le guiase, a pesar de sus protestas, y todos le siguieron.
Cuando la alegre banda entró en la gañanía, la vio casi desierta. La noche era de primavera y los manijeros y el arreador estaban sentados en el suelo, cerca de la puerta, viendo el campo que azuleaba silencioso bajo la luz de la luna. Las mujeres dormitaban en los rincones, o formando corrillos oían cuentos de brujas y milagros de santos con un silencio religioso.
—¡El amo!—dijo el aperador al entrar.
—¡Arriba! ¡Arriba! ¿Quién quiere vino?—gritó alegremente el señorito.