El Vara de palo, cejijunto y sombrío desde las últimas palabras, quiso dar algunas explicaciones a su hermano.
—Vivo en nuestra casa de siempre. Me la han dejado en consideración a la memoria del padre. Hay que agradecerlo a los señores del cabildo, teniendo en cuenta que no soy más que un triste Vara de palo.... Desde que ocurrió la «desgracia» tengo una vieja que arregla la casa, y además vive conmigo don Luis, el maestro de capilla. Ya le conocerás: un sacerdote joven, de mucho valer, que aquí está obscurecido; un alma de Dios, al que tienen por un loco en la catedral y vive como un ángel.
Entraron en la casa de los Luna, que era de las mejores de las Claverías. Junto a la puerta, dos hileras de macetas en forma de relojera, clavadas al muro, dejaban pender las cabelleras verdes de sus plantas. Dentro, en la sala que servía de recibimiento, Gabriel lo encontró todo lo mismo que en vida de sus padres. Las paredes blancas, que con los años habían tomado un moreno color de hueso, estaban adornadas con grabados antiguos de santos. La sillería de caoba, brillante por el continuo frote, ofrecía cierto aspecto de juventud, que contrastaba con sus curvas de principios de siglo y sus asientos próximos a desfondarse. Por una puerta entreabierta se veía la cocina, en la que había entrado su hermano para dar órdenes a una mujer vieja de aspecto tímido. En un rincón de la sala estaba enfundada una máquina de coser. Luna había visto trabajando en ella a su sobrina la última vez que pasó por la catedral. Era el recuerdo permanente que había dejado la «pequeña» después de aquella catástrofe que despertaba en el padre un dolor sombrío. Al través de una ventana de la sala veía Gabriel el patio interior, que hacía apetecible aquella habitación entre todas las de las Claverías: un espacio de cielo libre, con los cuartos superiores sostenidos por cuatro filas de delgadas columnas de piedra, que daban al patio el aspecto de un pequeño claustro.
Esteban volvió a reunirse con su hermano.
—Tú dirás lo que quieres almorzar. En la cocina todo está listo. Pide, hombre, pide por esa boca. Aunque pobre, he de poder poco si no te saco a flote, quitándote ese aspecto de muerto resucitado.
Gabriel sonrió tristemente.
—Es inútil que te esfuerces. Mi estómago acabó. Le basta con un poco de leche, y gracias que lo admita.
Esteban dio órdenes a la vieja para que bajase a la ciudad en busca de leche, y cuando iba a sentarse al lado de su hermano, se abrió la puerta que daba al claustro, asomando por ella una cabeza de hombre joven.
—¡Buenos días, tío!—exclamó.
Tenía un perfil achatado y perruno; los ojos eran de malicia, y peinaba lustrosos tufos pegados arriba de las orejas.