Le saludaban, oían sus palabras con la misma atención de antes; pero notaba en ellos cierto gesto de independencia fuera y al mismo tiempo de conmiseración, como si admirándole por haberles transmitido sus ideas, tuviesen lástima de su carácter dulce, enemigo de la violencia.
—Estos pájaros—decía Gabriel hablando con su hermano—ya vuelan por su cuenta. No me necesitan y quieren estar solos.
El Vara de palo meneaba la cabeza tristemente.
—Dios quiera, Gabriel, que algún día no te arrepientas de haberles hablado de cosas que no entienden. Han cambiado mucho. A nuestro sobrino el perrero no hay quien lo sufra. Dice que ya que no le dejaron matar toros para hacerse rico, matará hombres si es necesario para salir de pobreza; que él tiene derecho a disfrutar como cualquier señor, y que todos los ricos son unos ladrones... Pero hermano, ¡por la Virgen!, ¿les has enseñado realmente esas cosas tan horribles?
—Déjalos—dijo Gabriel riendo—. No han digerido aún las ideas nuevas, y vomitan disparates. Pero eso pasará. Son buena gente.
Lo único que le entristecía era ver que Mariano se recataba de él. Huía su trato como si le tuviese miedo. Parecía temer que Gabriel leyera en su pensamiento, con la superioridad irresistible que desde mozo había tenido sobre él.
—Mariano, ¿qué hay?—decía al verle pasar por el claustro.
—Mucho y mal repartido—contestaba el huraño camarada.
—Lo sé, hombre, lo sé; pero parece que me huyes. ¿Por qué es eso?
—¿Huirte yo...? Nunca. Sabes que siempre te quise. Cuando subes a mi casa ya ves cómo te recibimos. Te debemos mucho: nos has abierto los ojos y ya no somos bestias.... Pero me canso de saber tanto y ser pobre; y lo mismo les ocurre a los compañeros. No queremos tener llena la cabeza y el vientre vacío...