—¿Cómo sigue?—preguntó Gabriel.

—Creo que ha muerto hace media hora—dijo el campanero—. Cuando he subido a mi casa por las llaves, salía un médico del palacio, y así se lo decía a un canónigo.... Pero sentémonos.

Tomaron todos asiento, con la gorra calada, en los peldaños de la verja del altar mayor. Mariano dejó en el suelo el manojo de las llaves, un racimo de hierro como una maza. Las había de todas las épocas: unas groseras y herrumbrosas, con las huellas del martillo, ostentando escudos cerca del agarradero; otras más modernas, pulidas y brillantes como si fuesen de plata; pero todas enormes y pesadas, de robustos dientes, cual convenía a la grandeza del edificio.

Los tres amigos parecían extraordinariamente contentos, con una alegría nerviosa que les hacía empujarse y reír. Miraban de reojo a la Virgen y después se miraban entre ellos con un gesto de misterio que no podía comprender Gabriel.

—Habéis bebido mucho, ¿verdad?—dijo Luna con suave reproche—. Hacéis mal; ya sabéis que el beber es la degradación de los pobres.

—Un día es un día, tío—dijo el perrero—. Nos alegra que se mueran los grandes. Ya ve usted; yo admiraba mucho a Su Eminencia: pues ¡que se haga la porra! La única satisfacción que tiene un pobre es ver que a los de arriba también les llega la vez.

—Bebe—dijo el campanero, ofreciéndole la botella—. Es una dicha encontrarnos aquí sanos y alegres, mientras Su Eminencia se verá mañana entre cuatro tablas. ¡Menudo campaneo soltaremos todo el día!

Bebió el Tato, y pasó la botella al zapatero, que estuvo mucho tiempo con la boca pegada al gollete. De los tres, éste parecía el más ebrio. Tenía los ojos enrojecidos, miraba duramente a todos lados y permanecía silencioso. Sólo sonreía forzosamente cuando le dirigían la palabra, como si su pensamiento estuviera lejos, muy lejos.

El campanero, en cambio, era más locuaz que de costumbre. Hablaba de la fortuna del cardenal, de lo rica que iba a ser doña Visitación, de la alegría que tendrían aquella noche muchos del cabildo. Y se interrumpía para empinar la botella del aguardiente, pasándola después a los compañeros. El vaho del alcohol se esparcía en aquel ambiente impregnado de incienso y humo de cera.

Transcurrió más de una hora. Mariano había cortado varias veces la conversación, como si tuviera que decir algo grave y vacilase, falto de valor. Por fin se decidió.