—Aparta, chiquillo—dijo—. Ya que no sirves para nada, déjanos. ¿Es que le tienes miedo a la Virgen? Descuida, que aunque nos llevemos todo cuanto posee no hará ningún milagro.
Gabriel intentó un recurso decisivo.
—No haréis nada. Si pasáis la verja, si entráis en el altar mayor, toco el esquilón y antes de diez minutos está todo Toledo en las puertas.
Y abriendo la verja del coro, entró en él con una decisión que paralizó al campanero.
El zapaterillo, con su aspecto de borracho taciturno, fue el único que le siguió.
—¡El pan de mis hijos!—murmuraba con lengua estropajosa—. ¡Quieren robarlos...! ¡Quieren que sigan pobres...!
Mariano oyó un ruido metálico: vio cómo el zapaterillo levantaba el brazo armado con el manojo de llaves caído en los peldaños de la verja, y después oyó un choque de extraña sonoridad, como si golpeasen algo hueco.
Gabriel dio un grito y cayó al suelo de bruces. El zapatero seguía golpeándole al cráneo.
—¡No le des más...! ¡Detente!
Éstas fueron las últimas palabras que oyó confusamente Gabriel, tendido en la entrada del coro. Un líquido pegajoso y caliente se escurría sobre sus ojos. Después, el silencio, la obscuridad... la Nada.