El Vara de plata hundía sus manos sucias y huesosas en las profundidades de la sotana, sacando tres gruesos talonarios, uno rojo, otro verde y el tercero blanco. Pasaba las hojas, consultando los folios de las que llevaba arrancadas. Acariciaba respetuosamente las libretas, como si fuesen más importantes para el culto que los grandes libros del coro.
—¡Día flojo, Gabriel! Estamos en invierno, y ahora viaja poca gente. La gran temporada es en primavera, cuando, según dicen, entran los ingleses por Gibraltar. Van a la feria de Sevilla y vienen después a echar una vista a nuestra catedral. Además, la gente de Madrid sale con el buen tiempo, y aunque a regañadientes, afloja la mosca por ver los gigantones y la Campana Gorda. Da gusto entonces despachar papeletas. Ha habido día, Gabriel, que he recogido ochenta duros. Me acuerdo: fue en el último Corpus. Mariquita tuvo que recoserme los bolsillos de la sotana, que se rompían con el peso de tantas pesetas. Fue una bendición del Señor.
Y miraba tristemente los talonarios, como lamentando que pasasen los días del invierno sin cortar más que alguna que otra hoja. Esta tarea de expender papeletas de entrada para ver las riquezas y curiosidades de la catedral llenaba su pensamiento. Era la salvación de la iglesia, el procedimiento moderno para llevarla adelante, y él se sentía orgulloso de desempeñar esta función, que le convertía en el órgano más importante de la vida del templo.
—¿Ves estas papeletas verdes?—dijo a Gabriel—. Pues son las más caras: dos pesetas cuesta cada una. Con ellas puede verse lo más importante: el Tesoro, la capilla de la Virgen, el Ochavo con sus reliquias, únicas en el mundo. Las de las otras catedrales son porquerías si se comparan con las nuestras; mentiras, inventadas muchas de ellas por la envidia que inspira nuestra Iglesia Primada. ¿Ves estas otras que son rojas? Pues sólo cuestan seis reales, y con ellas pueden visitarse las sacristías, el guardarropa, las capillas de don Álvaro de Luna y del cardenal Albornoz, y la Sala Capitular, con sus dos filas de retratos de arzobispos, que son una maravilla. ¿Quién no se rasca el bolsillo por ver tales portentos?
Después añadió, designando el último talonario con cierto desprecio:
—Estas blancas sólo valen dos reales. Son para ver los gigantones y las campanas. Se venden muchas entre la gente menuda que viene a la catedral en días de fiesta. ¿Querrás creer que aún hay judíos que protestan y dicen que esto es un robo? El otro día, tres soldados de la Academia, que vinieron con unos «parditos» a ver los gigantones, armaron un escándalo porque no les dejaban entrar por un perro gordo. ¡Como si pidiésemos limosna...! Se van muchos echando pestes contra la iglesia, lo mismo que si fuesen herejes, y en la escalera pintan con carbón cosas abominables o escriben palabras obscenas. ¡Qué tiempos!, ¿eh, Gabriel?
Luna sonreía silencioso, y animado el Vara de plata por este mutismo, que le parecía de conformidad, añadió con cierto orgullo:
—Esto de las papeletas lo inventé yo.... Es decir, realmente no fui yo el inventor, pero a mí se debe su establecimiento en esta casa. Tú has corrido mucho y habrás visto en esos países de extranjis que todo puede visitarse... pero pagando. El señor cardenal anterior a éste, que en santa gloria esté—y se llevó la mano al bonete—, también había corrido muchas tierras; un «moderno» que, a vivir más tiempo, hubiese acabado por poner luz eléctrica en las naves de la catedral. Yo le oí en cierta ocasión hablar de lo que se hacía en los museos y demás edificios notables allá en Roma y en otras ciudades: la entrada libre a todas horas, pero pagando. Una gran comodidad para el público, que no necesita de recomendaciones para ver las cosas. Y un día que el Obrero y yo nos roíamos las uñas viendo que esas mil y pico de pesetas puercas (¡Dios me perdone!) que nos da el desdichado Estado no bastaban para finalizar el mes, propuse mi idea. ¿Querrás creer que hubo en el cabildo señores que se opusieron? Ciertos canónigos jóvenes hablaron de los mercaderes del templo; tú ya sabes quiénes eran: unos judíos a los que corrió el Señor con la cuerda en la mano por no sé qué perrerías; otros más viejos alegaron que la catedral había tenido abiertas sus maravillas a todos durante siglos, y así había de seguir. Tendrían razón todos los señores, pues no se llega a canónigo sin talento; pero intervino el cardenal difunto, que de Dios goce—otro golpe de bonete—, y el cabildo hubo de aceptar la reforma a regañadientes, y acabará por aplaudirla. ¡A cualquiera le amarga un dulce! ¿Sabes cuánto dinero le entregué al señor cardenal el año pasado? Más de tres mil duros, casi tanto como nos da el Estado pecador. Y esto sin perjuicio para nadie. El público paga, mira y se marcha. De todos modos, son aves de paso, que sólo vienen una vez: el que se va ya no vuelve. ¡Y qué son cuatro míseras pesetas, cuando por ellas se ve uno de los templos más gloriosos de la cristiandad, la cuna del catolicismo español, la catedral de Toledo! ¡Como quien dice nada...!
Paseaban los dos hombres por el claustro, siguiendo el lado que a aquella hora matinal caldeaba el sol. El clérigo se había guardado los talonarios. Sus ojos se fijaban en Gabriel, que creía del caso sonreír de un modo enigmático que don Antolín tomaba por una afirmación. Esto le animó a continuar en sus confidencias.
—¡Ay, Gabriel! No creas que cumplo sin trabajo mis pesados deberes. El cardenal confía en mí, el cabildo me distingue con su afecto, el Obrero no tiene otra esperanza que mi auxilio. Gracias a las papeletas puede ir tirando la catedral y conservar su antiguo aspecto de grandeza, para que venga el público a admirarla. Somos más pobres que las ratas. Y gracias que nos quedan para remediarnos algunas migajas de nuestro pasado. Si el viento o el granizo rompe una vidriera de las naves, podemos echar mano de los vidrios sobrantes que nos dejaron los señores Obreros de otros siglos. ¡Ay, Señor, Dios mío! ¡Y pensar que hubo una época en que el cabildo mantenía a sus expensas, dentro del templo, talleres de pintores de vidrio, de plomeros y qué sé yo cuántos más, pudiendo hacer grandes obras sin buscar auxilio fuera de casa! Si se rompe una casulla, aún nos quedan para componerla tiras bordadas con santos y flores, que son una maravilla. Pero ¿y cuando todo esto se acabe?, ¿cuando se rompa el último vidrio de repuesto y se agoten los retales de la Obrería? Habrá que poner vidrios blancos y baratos en los ventanales para que no entren el viento y la lluvia; la catedral parecerá una casa de huéspedes (¡que el Señor me perdone la comparación!) y los sacerdotes de la Primada alabarán a Dios vestidos como el capellán de una ermita.