—Le he amado toda mi vida—decía el maestro de capilla—. A mí me educó un fraile jerónimo, un exclaustrado viejo, que, después de abandonar el convento, corrió algo de mundo como profesor de violoncelo. Los Jerónimos fueron los grandes músicos de la Iglesia. Usted no sabrá esto; yo tampoco lo sabría si poco después de nacer no me hubiese tomado bajo su protección aquel santo hombre, que fue para mí un verdadero padre. Parece que cada orden religiosa se dedicaba en sus buenos tiempos a una especialidad. Unos, creo que los benedictinos, anotaban libros viejos; otros fabricaban licores para las damas; los de más allá tenían unas manos de oro para jaulas de pájaros, y los Jerónimos estudiaban siete años de música, dedicándose cada uno al instrumento de su preferencia. A ellos se debe que se conservara en las iglesias de España un poco, un poquito nada más, de buen gusto musical. ¡Y qué orquestas, según me contaba mi padrino, formaban los Jerónimos en sus conventos! Para las señoras era una gloria ir los domingos por la tarde al locutorio, donde encontraban a los buenos Padres, cada uno de los cuales resultaba un profesorazo instrumentista. Eran los únicos conciertos de aquella época. Con la pitanza asegurada, sin tener que preocuparse de casa ni vestido y teniendo el amor al arte por toda obligación, figúrese usted, Gabriel, qué musicotes podrían salir. Por eso, cuando echaron a los frailes de sus conventos, los Jerónimos no salieron mal librados. Nada de mendigar misas por las iglesias ni vivir de gorra con las familias devotas. Tenían para ganarse el pan un arte estudiado concienzudamente, y se colocaron en seguida en las catedrales como organistas y maestros de capilla. Los cabildos se los disputaban. Algunos fueron más audaces, y ganosos de ver de cerca aquel mundo musical que se les aparecía dentro de sus conventos como un paraíso fantástico, entraron en las orquestas de los teatros, viajaron, hicieron sus calaveradas allá por Italia, transformándose de tal modo, que ni en cien años los hubiera reconocido su antiguo prior. Uno de éstos fue mi padrino. ¡Qué hombre! Era un buen cristiano, pero de tal modo se había entregado a la música, que en él quedaba muy poco del antiguo fraile. Cuando le anunciaban, que pronto se restablecerían los conventos, levantaba los hombros con indiferencia. Le interesaba más una sonata nueva. Pues bien, Gabriel: aquel hombre tenía frases que han quedado en mi memoria para siempre. Un día, siendo yo niño, me llevó en Madrid a una reunión de músicos amigos que ejecutaban para ellos solos el famoso Septimino. ¿Lo conoce usted? La obra más «fresca» y más graciosa de Beethoven. Recuerdo a mi padrino saliendo de la audición ensimismado, con la cabeza baja, tirando de mí, que apenas podía seguir sus grandes zancadas. Cuando llegamos a casa, me miró fijamente, como si yo fuese una persona mayor. «Oye, Luis—me dijo—, y acuérdate bien de esto. En el mundo no hay más que un "Señor": Nuestro Señor Jesucristo, y dos "señoritos": Galileo y Beethoven...»

El músico miró amorosamente el busto de yeso que desde una rinconera contemplaba el cuartucho con entrecejo de león y ojos huraños de sordo.

—Yo no conozco a Galileo—continuó don Luis—. Sé que fue un sabio, un genio de la ciencia. No soy más que un músico y entiendo poco de estas cosas. Pero a Beethoven lo adoro, y creo que mi padrino se quedó corto. Es un dios, es el hombre más extraordinario que ha producido el mundo. ¿No lo cree usted así, Gabriel?

Vibrantes sus nervios por el entusiasmo, poníase de pie y paseaba por la habitación, pisoteando los papeles esparcidos por el suelo.

—¡Ah, cómo le envidio a usted, Gabriel, que ha corrido mundo y ha oído tan buenas cosas! La otra noche no pude dormir pensando en lo que usted me contó de su vida en París: aquellas tardes de los domingos, tan hermosas, corriendo después de almorzar, unas veces a los conciertos de Lamoreux, otras a los de Colonna, dándose un hartazgo de sublimidad... ¡Y yo aquí encerrado, sin otra esperanza que dirigir alguna misita rossiniana en las grandes festividades...! Mi único consuelo es leer música, enterarme por la lectura de las grandes obras que tantos tontos oirán en las ciudades dormitando o aburriéndose. Ahí tengo en ese montón las nueve sinfonías del «Hombre», sus innumerables sonatas, su misa, y con él a Haydn, a Mozart, a Mendelssohn, a todos los grandes tíos, en una palabra. Hasta tengo a Wagner. Los leo, toco en el armónium lo que es posible, ¿y qué...? Es como si a un ciego le describieran con gran elocuencia el dibujo de un cuadro y sus colores. Enterrado en este claustro, sé, como el ciego, que hay en el mundo cosas muy hermosas... pero de oídas.

El maestro de capilla guardaba del año anterior un recuerdo de felicidad, y hablaba de él con entusiasmo. Por indicación del cardenal-arzobispo había ido a Madrid a formar parte de un tribunal de oposiciones para organistas.

—Fue la gran temporada, Gabriel: la mejor de mi vida. Una noche conocí a Wagner, pero sin tapujos, como quien dice en su propia salsa. Vestido con ropas de un violinista amigo que algunas veces toca en las fiestas de Toledo, oí La Walkyria en el paraíso del Real. Otra noche asistí a un concierto. La gran noche, Gabriel, ¡como quien dice nada! La Novena Sinfonía de este tío feo, de este sordo mal genio que está escuchándonos.

Y de un salto, el músico llegó hasta el busto, besándolo con humildad infantil, como un niño acaricia al padre ceñudo e imponente.

—Usted conoce la Novena Sinfonía, ¿verdad, Gabriel? ¿Y qué experimentó usted al oírla...? A mí, con la música me ocurren cosas raras: cierro los ojos y veo paisajes desconocidos, caras extrañas; y es notable que tantas veces como oigo las mismas obras se repiten idénticas visiones. Si hablo de esto con las gentes de abajo, me llaman loco. Pero usted es de los míos, y no temo que se burle. Hay pasajes musicales que me hacen ver el mar, azul, inmenso, con olas de plata (y eso que yo nunca he visto el mar); otras obras desarrollan ante mí bosques, castillos, grupos de pastores y rebaños blancos. Con Schubert veo siempre dúos de amantes suspirando al pie de un tilo, y ciertos músicos franceses hacen desfilar por mi imaginación hermosas señoras que pasean entre parterres de rosales vestidas de color violeta, siempre violeta. Y usted, Gabriel, ¿no ve cosas?

El anarquista asintió. Sí; también despertaba en él la música un mundo fantástico, de visiones más bellas que la realidad.