—¡Lo que te habrás divertido por esos mundos!, ¿eh, sobrino? Para ti, la guerra fue una perdición. Ahora estarías en tu silla del coro, y ¡quién sabe si llegarías a ser otro don Sebastián! La verdad es que él, de muchacho, dio menos que hablar que tú en el Seminario, y no era un prodigio de sabiduría.... Pero viste mundo, le tomaste el gusto a esos países donde dicen que hay unas señoronas muy guapas, con cada sombrero como un quitasol. Tú estás hecho ahora un mamarracho de feo, pero antes eras guapo; te lo digo yo, que soy tu tía, y ¡claro!, así has vuelto de enfermo y desmirriao. Has vivido muy aprisa. ¡A saber qué cosas habrás hecho por el mundo, camastrón! ¡Y tu pobre madre que te criaba para santo! ¡Buena santidad nos dé Dios...! No me lo niegues, no te hagas el bueno: las mentiras me enfadan. Te has divertido, y has hecho bien; has cogido por los pelos todas las ocasiones. Lo malo es cómo te has quedado, cómo has vuelto por aquí, que da lástima verte. He conocido a muchos como tú. Yo no sé qué tienen las gentes de Iglesia, qué espíritu malo llevan dentro, que cuando se echan a la vida es para no parar, y arden y arden sin prudencia alguna hasta que no queda ni el cabo. Como tú han pasado muchos por el Seminario.

Una mañana, Gabriel hizo a su tía una pregunta que llevaba preparada mucho tiempo sin osar formularla. Quería saber qué era de su sobrina Sagrario y lo que había ocurrido en casa de su hermano.

—Usted que es tan buena, tía, usted me lo dirá. Todos parece que teman hablar de eso. Hasta mi sobrino el Tato, que es tan parlanchín y despelleja a todos los de las Claverías, calla cuando le pregunto algo. ¿Qué ocurrió, tía...?

Se ensombreció el rostro de la vieja.

—Una gran desgracia, hijo; lo que nunca se había visto en el claustro alto. Las locuras del mundo entraron en la catedral, y fueron a hacer nido justamente en la casa más honrada, más antigua y más respetable de las Claverías. Todos somos buenos; al fin, gentes que no hemos visto el mundo ni por un agujero y vivimos aquí como en conserva; pero los Luna habéis sido de lo bueno lo mejor; y no digamos de los Villalpando, que os vienen a la zaga. ¡Ay, si tu madre levantase la cabeza! ¡Si tu padre viviera...! Yo a quien doy toda la culpa es a tu hermano, por buenazo, por simple, por esa maldita manía de todos los padres, que desafían el peligro con la esperanza de colocar bien a las hijas....

—Pero ¿cómo fue, tía? ¿Qué pasó entre mi sobrina y el cadete?

—Lo que pasa con frecuencia en el mundo y aquí no había ocurrido nunca. Mil veces le sermoneé a tu hermano: «Mira, Esteban, que ese señorito no es para tu hija.» Muy simpático, muy vivaracho, llevando el uniforme de la Academia como nadie y capitaneando el grupo más endiablado de cadetes en sus calaveradas por toda la ciudad. Además, hijo de una gran familia; señorones adinerados que nunca le dejaban ir por Toledo con el bolsillo vacío. Y ella, la pobre Sagrario, bobita de amor, chalada por su cadete, orgullosa cuando paseaba los domingos por Zocodover o el Miradero entre su madre y aquel novio tan apuesto que le envidiaban las señoritas de la ciudad. La hermosura de tu sobrina hacía hablar a todo Toledo. Las del Colegio de Doncellas Nobles la apodaban por envidia «la sacristana de la catedral»; pero ella, la pobrecita, sólo vivía para su cadete, y parecía querer bebérselo con sus ojazos azules. El bestia de tu hermano lo dejaba entrar en su casa, muy orgulloso del honor que hacía a la familia. Ya sabes, Gabriel: la eterna ceguera de ciertos toledanos de medio pelo, que aceptan como una gloria el noviazgo del cadete con la niña, a pesar de que son rarísimos los casos en que estos amores llegan al matrimonio. Aquí no hay mujer que posea un mediano palmito y se escape de haber tenido su miaja de encariñamiento por unos pantalones colorados. Hasta yo misma recuerdo que de chica me atusaba el pelo y me estiraba la falda cuando oía arrastrar un sable por las losas del claustro. Es una ceguera que pasa de madres a hijas, y eso que ellos, los malditos, tienen sus primas o sus novias allá en su tierra, y a ellas vuelven así que salen de la Academia.

—Bueno, tía; pero ¿en qué paró lo de mi sobrina?

—Cuando el tal señorito salió teniente, su familia consiguió que lo destinaran a Madrid. La despedida fue cosa de teatro. Yo creo que hasta el bragazas de tu hermano y la simple de su mujer (que en gloria esté) lloraron como si fueran ellos la novia. Los muchachos se cogían las dos manos, y así se estaban las horas, mirándose en los ojos como si quisieran comerse. Él estaba más tranquilo: prometía venir todos los domingos, escribir todos los días. Al principio así lo hizo; pero después pasaron las semanas sin viaje y el cartero subió con menos frecuencia a las Claverías, hasta que llegó a no subir.... Se acabó: el señorito teniente tenía en Madrid otras ocupaciones. Tu pobre sobrina se puso perdida: se desvanecieron los Colores de su cara; ya no era aquel albaricoque fresquito, de piel fina, que daba ganas de morderlo. Lloraba por los rincones como una Magdalena... y un día, la muy loca, voló... y hasta ahora....

—Pero ¿adónde fue? ¿No la buscaron?