El Jueves Santo por la tarde estaba Gabriel contemplando lo que en cierto modo era su obra, confundido en el grupo de devotos. La catedral sonreía con su inmaculada blancura, a pesar de los velos negros que cubrían imágenes y altares. Los rosetones luminosos borraban con sus chorros de colores el aspecto fúnebre de la ceremonia religiosa. En el coro gemía una voz de tenor las lamentaciones y trinos de los profetas orientales. Estos lamentos por la muerte de Cristo se perdían sin eco en el templo medioeval, monumento democrático de una época que Introdujo en todas las expansiones religiosas su alegría de vivir al amparo de los muros, mientras la muerte y la desolación corrían los campos.
Gabriel sintió que le tiraban de la chaqueta, y al volverse vio a la jardinera.
—Ven, sobrino. Ya la tenemos ahí. Te espera en el claustro.
Al salir, la señora Tomasa le mostró una mujer adosada al zócalo de piedra del jardín, encogida, envuelta en un mantón raído, con el pañuelo de la cabeza echado sobre los ojos.
Gabriel no la hubiese conocido nunca. Recordaba la carita sonrosada dos años antes, y miraba con asombro un rostro de juventud ajada, huesoso, los pómulos salientes, las ojeras profundas, y unos ojos de escasas cejas, sin pestañas, con las pupilas todavía hermosas, pero empañadas por vidriosa opacidad. Todo revelaba en ella la miseria y el desaliento. La falda era de verano, y por debajo asomaban unas botas rotas, mucho más grandes que sus pies.
—Saluda, muchacha—dijo la vieja—; es tu tío Gabriel; un ángel de Dios, a pesar de sus calaveradas. A él debes que yo te haya buscado.
La jardinera empujaba a Sagrario hacia su tío. Pero la joven bajaba la cabeza, encorvando la espalda y retrocediendo, como si no pudiera resistir la presencia de un individuo de su familia. Se cubría el rostro con el mísero mantón, ocultando sus lágrimas.
—Tía, vamos a casa—dijo Gabriel—. Esta criatura no está bien aquí.
En la escalera del claustro hicieron pasar delante a la joven, que subía con la cabeza oculta, sin mirar, como si sus pies marchasen instintivamente por aquellos peldaños.
—Hemos llegado esta mañana de Madrid—dijo la jardinera mientras subían—. La he tenido en una posada, haciendo tiempo para traerla por la tarde a la catedral. Es la mejor hora: Esteban está en el coro y tú tendrás tiempo para arreglar esto... Tres días he pasado allá. ¡Ay, Gabriel, hijo mío! ¡Qué cosas he visto! ¡En qué lugar estaba esa pobre chica! ¡Qué infiernos hay para las pobres mujeres! ¡Y aún dicen que somos cristianos! ¡Un demonio es lo que somos...! Gracias que yo tengo mis conocimientos en la corte: gentes de campanillas que han estado en la catedral y se acuerdan de la jardinera. De todo he necesitado, hasta de dinero, para sacar a esa infeliz de las garras del diablo.