—Eso es verdad—dijo el campanero—. Aquéllos eran los buenos tiempos, y por que volviesen fuimos muchos a tiros en las montañas. ¡Ay, si hubiera triunfado don Carlos! ¡Si no hubiésemos tenido traidores...! ¿Verdad, Gabriel? Tú, que hiciste la guerra lo mismo que yo, podrás decir si tengo razón.

—Calla, Mariano—dijo Gabriel sonriendo tristemente—. No sabes lo que dices. Tú te batiste y diste tu sangre por una causa que aún no conoces a estas horas. Fuiste a la guerra tan ciego como yo. No pongas esa cara de asombro, no intentes protestar. Y si no, vamos a ver: ¿qué deseabas tú al batirte por don Carlos?

—¿Yo? Pues ante todo, que le diesen a cada cual lo suyo. ¿Le pertenece a su familia la corona? Pues que se la den.

—¿Y eso es todo?—preguntó Luna con displicencia.

—Eso es lo de menos. Lo que yo quería y quiero es que la nación tenga un buen amo, un señor recto, excelente católico, que, sin monsergas de leyes ni de Cortes, nos gobierne a todos con el pan en una mano y el palo en la otra. Al pillo, ¡garrotazo!, y al honrado, «¡Vengan esos cinco!, ¡usted es mi amigo...!» Un rey que no permita que el rico atropelle al pobre y se burle de él, que no deje que nadie se muera de hambre queriendo trabajar... Vamos, creo que me explico.

—¿Y eso crees tú que existía en otra época y que tu rey va a restaurarlo? Esos siglos que os pintan como de grandeza y bienestar son justamente los más malos de nuestra historia, la causa de la decadencia española, el principio de todos nuestros males.

—¡Alto ahí, Gabrielillo!—dijo el Vara de plata—. Tú sabrás mucho, has viajado y leído más que yo, pero eso no cuela. Estoy algo enterado de la cuestión y no voy a permitir que abuses de la ignorancia de Mariano y todos éstos. ¿Cómo puedes decir que aquellos tiempos fueron malos y que ellos tienen la culpa de lo que ahora nos ocurre? El verdadero culpable es el liberalismo, el descreimiento de la época, el haberse metido el demonio en nuestra casa. España, cuando duda de sus reyes y no tiene fe en el catolicismo, es como un cojo que suelta las muletas y se viene al suelo. Sin el trono y el altar no somos nadie; y la prueba la tienes en lo que nos está pasando desde que tuvimos revoluciones. Nos quitan las islas; no pintamos nada entre los demás pueblos; los españoles, que son los hombres más valientes del mundo, se ven derrotados; no hay una peseta, y todos esos señores que charlan en Madrid votan nuevas contribuciones y siempre estamos entrampados. ¿Cuándo se vio esto en otros tiempos? ¿Cuándo...?

—Se vieron cosas peores, más vergonzosas—dijo Luna.

—Tú estás loco, muchacho. Esos viajes te han corrompido; hasta creo que tienes muy poco de español. ¡Miren ustedes que negar lo que todo el mundo sabe, lo que enseñan hasta en las escuelas...! ¿Y los Reyes Católicos eran cualquier cosa? No necesitas libros para saberlo. Entra en el coro y verás en la sillería baja todas las batallas que los religiosos monarcas ganaron a los moros con el apoyo de Dios. Conquistaron Granada y arrojaron a los infieles que nos tuvieron siete siglos en la barbarie. Después vino el descubrimiento de América. ¿Quién podía hacer eso? Nosotros y nadie más que nosotros: aquella buena reina que empeñaba sus joyas para que el bendito Colón realizara su viaje. Esto no me lo negarás, me parece. ¿Y el emperador Carlos V? ¿Qué tienes que decir de él? ¿Conoces un hombre más extraordinario? Les pegó a todos los reyes de Europa; medio mundo era suyo: «el sol no se ponía nunca en sus dominios»; los españoles éramos los amos de la tierra. Esto tampoco podrás negarlo. Y no digamos nada de don Felipe II, un monarca tan sabio, tan astuto, que hacía bailar a su gusto a los reyes de Europa como si les tirase de un hilillo.... Todo para mayor gloria de España y esplendor de la religión. De victorias y grandezas no digamos. Si su padre venció en Pavía, él reventaba a los enemigos en San Quintín. ¿Y qué me dices de Lepanto? Abajo, en la sacristía, están guardadas las banderas de la nave que montaba don Juan de Austria. Tú las has visto: una de ellas lleva la imagen de Jesús crucificado, y son tan grandes, tan grandes, que al colgarlas del triforium hay que recoger las puntas para que no toquen el suelo. ¿Tampoco fue nada lo de Lepanto...? ¡Vamos, Gabriel, que hay que estar loco para negar ciertas cosas! Si ha habido que matar moros para que no se apoderasen de Europa, poniendo en peligro la fe cristiana, ¿quién lo ha hecho? Los españoles. Que los turcos amenazaban con apoderarse de los mares: ¿quién les salía al paso? España con su don Juan. Y para descubrir un mundo nuevo, los barquitos de España; y para dar la vuelta a la tierra, otro español, Magallanes; y para todo lo grande, nosotros, siempre nosotros, en aquella época de religión y bienestar. ¡Y no digamos de sabiduría! Aquellos siglos produjeron los hombres más famosos de España, grandes poetas y eminentísimos teólogos. Nadie les ha igualado después. Y para demostrar que la religión es fuente de toda grandeza, los más ilustres escritores llevaban hábitos de sacerdote... Adivino lo que podrás argüírme. Que tras unos monarcas tan gloriosos, vinieron otros menos grandes y comenzó la decadencia. También sé algo de esto: lo he oído decir al bibliotecario de la catedral y a otras personas de gran ciencia. Pero esto nada significa. Son designios de Dios, que pone a prueba a los pueblos, lo mismo que a las personas, haciéndoles bajar de la altura, para remontarles de nuevo si ve que perseveran en el buen camino... Pero no hablemos de esto. Si hubo decadencia, nada queremos saber de ella. Deseamos el pasado glorioso, los brillantes siglos de los Reyes Católicos, de don Carlos y de los dos Felipes, y a ellos nos dirigimos cuando hablamos de que España vuelva a sus buenos tiempos.

—Pues esos siglos, don Antolín—dijo Gabriel con calma—, son los de la decadencia española; en ellos se inicia nuestra ruina. No me extraña su indignación: usted repite lo que le han enseñado. Gentes hay por ahí de mayores estudios, que no se irritan menos si les tocan lo que llaman nuestros siglos de oro. Es culpa de la educación que se da en este país. La Historia es una mentira; para saberla tan mal, mejor sería ignorarla. En las escuelas se enseña el pasado del país con un criterio semejante al del salvaje, que aprecia los objetos por el brillo, no por su valor y utilidad. España ha sido grande y estuvo en camino de ser la primera nación del mundo por méritos sólidos y positivos que no hubiesen podido quebrantar los azares de la guerra y la política. Pero esto fue antes de esos siglos que usted ensalza, antes de los monarcas extranjeros; en la Edad Media, que hacía presagiar muchas esperanzas, desvanecidas después al consolidarse la unidad nacional. Nuestra Edad Media produjo un pueblo culto, industrioso y civilizado como ninguno de los del mundo. Se amontonaron en ella los materiales para construir una nación grande; pero llegaron arquitectos de fuera y levantaron este edificio, cuyos primeros años de existencia asombran a usted con el esplendor de la novedad, pero entre cuyas ruinas caminamos ahora.