VII
Gabriel, después de esta tarde, evitó las reuniones en el claustro para no discutir con el Vara de plata. Estaba arrepentido de su audacia. Al quedar solo había reflexionado sobre los peligros a que se exponía emitiendo sus ideas con tanta libertad. Le aterraba el ser expulsado de la catedral, corriendo de nuevo el mundo, a la ventura. Se reprendía, echándose en cara su afán de chocar con los prejuicios del pasado. ¿Qué iba a conseguir cambiando el pensamiento de aquella pobre gente? ¿En qué podía pesar, para la emancipación de la humanidad, la conversión de aquellos hombres agarrados como moluscos a las piedras del pasado...?
La catedral era para Gabriel un gigantesco tumor que hinchaba la epidermis española como rastro de antiguas enfermedades. Nada había que hacer allí. No era un músculo capaz de desarrollo: era un absceso que aguardaba la hora de ser extirpado o de disolverse por los gérmenes mortales que llevaba en su interior. Él había escogido como refugio aquella ruina, y debía callar, ser prudente, para que no le echasen en cara su ingratitud.
Además, su hermano Esteban, rompiendo el mutismo frío en que se había encerrado desde la llegada de su hija, le aconsejaba prudencia.
Don Antolín le había llamado, relatándole a su modo la conversación con Gabriel.
—Tiene unas ideas del demonio, Esteban—dijo el sacerdote—, y las expone en esta santa casa con la mayor tranquilidad, como si estuviera en uno de esos clubs infernales que hay en los países extranjeros. ¿Dónde ha estado tu hermano para aprender tales cosas? Jamás había oído herejías tan enormes.... Dile que lo olvido todo porque le conocí de pequeño, porque recuerdo que fue la gloria de nuestro Seminario, y especialmente porque está enfermo y sería inhumano hacerle salir de la catedral. Pero que no se repita el escándalo. ¡Chitón! Que se guarde todas esas monstruosidades en la cabeza, si es que tiene gusto en perder su alma. Pero en esta santa casa, y sobre todo delante del personal, ni una palabra, ¿lo entiendes?, ni una palabra. No faltaba más sino que en la Iglesia Primada se diesen metinges.... Además, tu hermano debe de pensar que al fin está comiendo en estos momentos el pan de la Iglesia, pues de ella vives tú que le mantienes, y que no es muy digno después de esto hablar de la obra más sabia de Dios, queriendo encontrarla defectos.
Esta última consideración fue la que más impresionó a Gabriel, lastimando su dignidad. Don Antolín decía bien. Él no era más que un parásito de la catedral, y al refugiarse en su regazo le debía gratitud y silencio. Callaría. ¿No había convenido al ocultarse allí en que había muerto...? Viviría como el cadáver animado, que era para ciertas órdenes religiosas la suprema perfección humana. Pensaría como todos, o más bien, no pensaría: vegetaría, hasta que llegase su última hora, como las plantas del jardín o los hongos de los contrafuertes del claustro.
Procuró evitar todo encuentro con sus amigos y admiradores de las Claverías. No visitó más la habitación del zapatero, y cuando veía a los camaradas rondar por el claustro con la intención de meterse en la casa de los Luna, dejaba sola a Sagrario, subiéndose al camaranchón del maestro de capilla.
Los servidores de la catedral sentábanse en torno de la máquina de coser, esperando en vano que bajase el maestro, satisfechos, ya que no le veían, de estar cerca de él, mirando su asiento abandonado y conversando con la muchacha, que se expresaba con ingenua admiración al hablar de su tío. El maestro de capilla alegrábase al ver que le visitaba de nuevo Luna. Era su único admirador. Al eclipsarse durante una buena temporada, el pobre artista había sufrido la amargura de la soledad, desesperándose con furia infantil, como si un público inmenso le volviera la espalda. Mimaba a Gabriel como si fuese la mujer amada. A pesar de su distracción, fijábase en sus toses, recomendándole remedios fantásticos imaginados por él; se inquietaba por los progresos de la enfermedad, temblando ante la idea de que la muerte le arrebatase su único auditorio.