Muchas veces, Sagrario alejaba a su tío. Le dolía verle inmóvil, a corta distancia de ella, tosiendo dolorosamente, contemplándola como si hubiese hecho de ella un objeto de adoración.
—Levántese de ahí—decía alegremente la muchacha—. Me pone nerviosa verle siempre tan quietecito, haciéndome compañía, cuando usted lo que necesita es vida y movimiento. Váyase con los amigos; en la habitación del campanero le estarán esperando. Luego hablan de mí, creyendo que soy quien le retengo en casa. ¡A paseo, tío! ¡A hablar de esas cosas que tanto le animan, y que los pobres oyen con la boca abierta! Tenga cuidado al subir los escalones. Despacito y con paradas, para que no le agarre el demonio de la tos.
Gabriel pasaba las últimas horas de la mañana en la habitación del campanero. Las paredes, de antiguo enjalbegado, estaban adornadas con grabados amarillentos que representaban episodios de la guerra carlista, recuerdos de la campaña montaraz que años antes enorgullecía a Mariano, y de la que ya no hablaba ahora.
Allí encontraba Gabriel a todos sus admiradores. Hasta el zapatero trabajaba por las noches para no privarse de esta reunión. Don Martín, el cura, subía también, recatándose para que no le viera el Vara de plata. Era una pequeña comunidad que se agrupaba en torno del apóstol enfermo con el fervor que inspira lo desconocido.
Gabriel contestaba a las preguntas de aquellos hombres, reveladoras muchas veces de la simplicidad de su pensamiento. Cuando le acometía la tos, le rodeaban, mostrando en sus rostros la alarma. Hubiesen querido, aun a costa de su vida, devolverle la salud. Luna, arrastrado por el entusiasmo, había acabado por relatarles su vida y sus sufrimientos. El prestigio del martirio vino a hacer más ardoroso el fervor de aquella gente. Su apocamiento de hombres sedentarios, tranquilos y seguros dentro de la catedral, admiraba las aventuras y los tormentos de aquel luchador. Era para ellos un mártir de la nueva religión de los humildes y los oprimidos. Además, su inocencia le convertía en una víctima de la injusticia social, que odiaba cada vez más.
Para ellos no había otra verdad qué la palabra de Gabriel. El campanero, más rudo y silencioso que los otros, era, sin embargo, el más audaz en la conversación. Su entusiasmo por Gabriel, que databa de la niñez, su fidelidad de perro acompañante, le hacían caminar a saltos, aceptando de un golpe los ideales más lejanos.
—Yo soy lo que tú seas, Gabriel—decía con firmeza—. ¿No eres anarquista? Pues también seré yo eso.... Al fin, creo que siempre lo he sido. ¿No quieres que viva el pobre, que el rico trabaje, que cada uno posea lo que gane y que todos nos ayudemos? Pues eso es lo que yo pensaba, a mi modo, cuando íbamos por el mundo con el fusil y la boina... En cuanto a la religión, que antes nos volvía locos, ahora me tiene sin cuidado. Me convenzo, oyéndote, de que es algo así como una pamplina inventada por los listos para que los infelices nos conformemos con las miserias de la tierra esperando el cielo. No está mal discurrido. Al fin, los que mueren y no encuentran el cielo no vendrán a quejarse.
Un día, Gabriel quiso subir al departamento de las campanas. Era bien entrada la primavera, hacía calor, y el cielo, de un intenso azul, parecía atraerle.
—No he visto la Campana Gorda desde que era niño—dijo—. Subamos: contemplaré Toledo por última vez.
Y acompañado de sus admiradores, casi llevado en alto por ellos, subió lentamente la estrecha escalerilla espiral. Arriba, el viento tibio pasaba murmurando entre las grandes rejas que servían de jaulas a las campanas. Del centro de la bóveda pendía la famosa Gorda, un vaso gigantesco de bronce con todo un costado rajado por ancha grieta. El badajo que había hecho la rotura, cincelado y enorme como una columna, estaba debajo de ella, y otro más ligero ocupaba su cavidad para los toques. Los tejados de la catedral, negruzcos y vulgares, extendíanse a los pies de Gabriel. Enfrente, sobre una colina, alzábase el Alcázar, más alto y enorme que el templo, como si guardase el espíritu del emperador que lo construyó. César del catolicismo, campeón de la fe, pero que ansiaba tener la Iglesia a sus pies.