Era mediodía. El campanero había desaparecido. Se oyó el chirriar de cadenas y poleas y un trueno sordo hizo temblar toda la torre. Vibraron el metal y la piedra, y hasta pareció conmoverse el éter del espacio. Acababa de tocar la Campana Gorda, ensordeciendo a los que estaban junto a ella. Momentos después, en el frontero Alcázar resonó el marcial estruendo de trompetas y tambores.

—Vámonos—dijo Gabriel—. Ese Mariano podía habernos avisado, para evitar la sorpresa.

Y añadió, sonriendo irónicamente:

—Siempre lo mismo. Los parásitos son los que más brillan y más ruido meten. Lo que no pueden prestar en utilidad lo dan en estruendo.

Llegó la festividad del Corpus sin que el menor incidente alterase la vida tranquila de la catedral. De vez en cuando se hablaba en el claustro alto de la salud de Su Eminencia. Sus graves disgustos en el cabildo le obligaban a guardar cama. Hasta había tenido un ataque que hacía temer por su vida.

Es cosa del corazón afirmaba el Tato, que estaba bien enterado de los asuntos de palacio—. Doña Visita Hora como una Magdalena, y maldice a los canónigos viendo a don Sebastián tan malucho.

El Vara de palo, al sentarse o la mesa con la familia, hablaba de la decadencia de la fiesta del Corpus, tan famosa en el Toledo de otros tiempos. Su afán por lamentarse le hacía olvidar el áspero silencio que se había impuesto en presencia de su hija.

—No vas a conocer nuestro Corpus—decía a Gabriel—. Del que aún alcanzamos nosotros, sólo quedan los famosos tapices que se colocan en el exterior de la catedral. Los gigantones ya no los alinean ante la puerta del Perdón, y la procesión es cualquier cosa.

El maestro de capilla también se lamentaba.

—¿Y la misa, señor Esteban? ¡Vaya una misa para festividad tan solemne! Cuatro instrumentos de fuera de casa, y una misita rossiniana de las más ligeras, con objeto de no gastar mucho. Para esto más valdría tocar sólo el órgano.