—Nada—contestó Gabriel.

—¿Y qué somos nosotros los hombres?—dijo el perrero.

—Nada.

—¿Y los gobernantes, las leyes y las costumbres de la sociedad?—preguntó el campanero.

—Nada, nada.

Sagrario fijó en su tío los ojos, agrandados por la contemplación profunda del cielo.

—¿Y Dios?—preguntó con voz dulce—. ¿Dónde está Dios?

Gabriel púsose de pie. Su figura, apoyada en el balaustre de la galería recortábase negra y vigorosa sobre el espacio estrellado.

—Dios somos nosotros y todo lo que nos rodea. Es la vida, con sus asombrosas transformaciones, siempre muriendo en apariencia y renovándose hasta lo infinito. Es esa inmensidad que nos espanta con su grandeza y no cabe en nuestro pensamiento. Es la materia, que vive animada por la fuerza que reside en ella, con absoluta unidad, sin separación ni dualidades. El hombre es Dios; el mundo es Dios también.

Calló un instante, para añadir con energía: