—He querido visitarte—dijo el cardenal con sonrisa bondadosa, sentándose en una silla—. No siempre habías de ser tú la que me buscases. Te debo muchas visitas, y aquí estoy.

Hundiendo una mano en las profundidades de la sotana sacó una petaca de oro, encendiendo un cigarrillo. Extendía sus piernas con la complacencia del que se ve un momento en libertad, acostumbrado a todas horas a imponerse con el ceño adusto de la dominación.

—Pero ¿no estaba usted enfermo?—preguntó la jardinera—. Yo pensaba pasar esta tarde a palacio para preguntar a doña Visita por su salud.

—Calla, tonta; nunca me he sentido mejor: especialmente desde esta mañana. La bofetada que he dado a «ésos» no asistiendo al coro por no rozarme con ellos me ha puesto de un humor magnífico. Para que conste mejor mi intención, he venido a verte. Quiero que sepan que estoy bien, que lo de la enfermedad no es cierto. Que se enteren todos en Toledo que el arzobispo no quiere ver a sus canónigos, y que esto lo hace por dignidad, no por soberbia, pues al mismo tiempo baja a ver a su antigua amiga la jardinera.

Y el temible hombrón reía como un niño al pensar en el disgusto que esta visita podía dar a los del cabildo.

—Y, no creas, Tomasa—continuó—, que he venido a verte sólo por conveniencia; esta tarde estaba triste en palacio, me aburría. Visitación anda ocupada con unas amigas de Madrid, y yo he sentido ese arrechucho que me da de vez en cuando al recordar el pasado. Sentía necesidad de verte, y he pensado además en que el jardín de la catedral es siempre fresco. Fuera de aquí hace un calor de horno... ¡Ay, Tomasa!, ¡qué fuerte te veo! Tan delgada y tan ágil, te mantienes mejor que yo. No estás envuelta en grasa como este pecador, ni tienes dolencias que te amarguen las noches. Tu pelo aún está casi negro, la dentadura se conserva bien, no necesitas, como este cardenal, llevar un artefacto dentro de la boca.... Pero de todos modos, Tomasa, eres vieja como yo. Nos quedan pocos años de vida, por mucho que el Señor quiera conservarnos. ¡Quién pudiese volver a aquellos tiempos, cuando subía a tu casa con la sotanita roja, en busca de tu padre el sacristán, y te quitaba el almuerzo! ¿Eh, Tomasa...?

Los dos ancianos, olvidando las diferencias sociales, con esa fraternidad resignada de los seres que caminan a la muerte, recordaban el pasado. Todo estaba lo mismo que en su niñez: el jardín, el claustro; la catedral no había cambiado.

Su Eminencia, cerrando los ojos, se creía aún el monago travieso de medio siglo antes. La espiral azulada de su cigarrillo parecía arrastrar su pensamiento por las interminables revueltas del pasado.

—¿Te acuerdas cómo se burlaba de mí tu pobre padre? «Este chiquillo—decía en la sacristía—es un Sixto V.» «¿Qué quieres ser?», me preguntaban. Y yo respondía siempre lo mismo: «Arzobispo de Toledo.» ¡Y poco que se burlaba el buen sacristán de la seguridad con que hablaba yo de mis pretensiones! Cuando me consagraron obispo, cree, Tomasa, que me acordé mucho de él, sintiendo que hubiese muerto. Habría gozado viendo sus lágrimas de alegría al contemplarme con la mitra en la cabeza.... Yo os he querido siempre; sois una familia excelente, y muchas veces me matasteis el hambre.

—Calle, señor, calle y no recuerde esas cosas. Yo soy la que tengo que agradecerle que sea tan bueno, tan llanote, a pesar de su categoría, que casi es la que viene detrás del Papa.... Y la verdad es—añadió la vieja con la arrogancia de su franqueza—que nada pierde siendo así. Amigas como yo no tendrá usted ninguna. A usted no le rodean más que aduladores y pillos, como a todos los grandes de la tierra. Si se hubiera quedado en cura de misa y olla, nadie le miraría la cara; pero Tomasa continuaría siendo su amiga, siempre dispuesta a hacerle un servicio. Si le quiero tanto, es porque usted es sencillo y afable. Si gastase orgullo, como otros arzobispos, le besaría el anillo y ¡hasta la vista! El cardenal en su palacio y la jardinera en su jardín.