—¡La creen mi querida!—decía con acento iracundo—. ¡Mi pobre Visitación, tan buena, tan cariñosa, tan mansita para todo, convertida en una cualquiera por esos miserables! ¡Una amante que he sacado para mi diversión del Colegio de Doncellas nobles...! ¡Como si yo, viejo y enfermo, estuviera para pensar en esas porquerías! ¡Indecentes...!, ¡miserables...! ¡Por menos se cometen muchos crímenes...!
—Déjelos que digan; Dios está en lo alto y nos ve a todos.
—Lo sé; pero esto no basta a tranquilizarme. Tú tienes hijos, Tomasa, y conoces lo que es quererlos. No sólo nos hiere lo que se hace contra ellos, sino lo que se dice... ¡Qué días llevo de sufrimiento! De pequeño ya sabes que toda mi ilusión era llegar a lo que soy. Miraba el trono del coro y pensaba en lo bien que se estaría en él, en la inmensa felicidad de ser príncipe de la Iglesia. Pues bien; ya estoy en el trono. He caminado medio siglo apartando las piedras, dejando la piel y hasta la carne en las zarzas de la cuesta. ¡Yo sé cómo pude salir del montón negro y llegar a obispo! Después... ¡ya soy arzobispo!, ¡ya soy cardenal!, ¡ya no puedo llegar a más! ¿Y qué? La felicidad siempre marcha delante de nosotros, como la nube de luz que guiaba a los israelitas. La vemos, casi la tocamos, pero no se deja coger. Me siento ahora más infeliz que en la época en que luchaba por ser algo y me creía el más desgraciado de los hombres. No tengo la juventud: la altura en que me veo, fijas en mí todas las miradas, me impide defenderme. ¡Ay, Tomasa! Compadéceme, soy digno de lástima. ¡Ser padre, y tener que ocultarlo como un crimen! ¡Querer a mi hija con un cariño que se acrecienta más y más conforme se aproxima la muerte, y tener que sufrir que la gente tome este afecto tan puro por algo repugnante...!
Y la terrible mirada de don Sebastián, que asustaba a toda la diócesis, nublóse con lágrimas.
—Además, tengo otras penas—continuó—, pero son de hombre previsor que teme el porvenir. Cuando muera, todo lo que tengo será para mi hija. Juanito cuenta con lo de su madre, que era rica, y además tiene una carrera y el apoyo de mis amigos. Visitación será poderosa. Ya sabes que-mis adversarios me echan en cara lo que ellos llaman mi avaricia. Avaricioso, no: previsor, amante del bienestar de los míos. He ahorrado mucho; no soy de los que reparten pan a la puerta de su palacio, ni busco la celebridad por la limosna. Tengo dehesas en Extremadura, muchas viñas en la Mancha, casas, y sobre todo, papel del Estado, mucho papel. Como buen español, quiero ayudar al gobierno con mi dinero, tanto más cuanto que ésto produce ganancias. No sé ciertamente lo que poseo: serán veinte millones de reales: tal vez más. Todo ahorrado por mí, aumentado con buenos negocios. No puedo quejarme de la suerte; el Señor me ha ayudado. ¡Y todo para mi pobre Visitación! Mi gozo sería verla casada con un hombre bueno, pero ella no quiere separarse de mí. Le atrae la iglesia, y éste es mi miedo. No lo extrañes, Tomasa; yo, príncipe de la Iglesia, tiemblo al ver cómo se entrega a la devoción, y hago cuanto puedo por desviarla. Me gusta la mujer religiosa, no la devota que sólo se encuentra bien en la iglesia. La mujer debe vivir, debe gozar y ser madre. Siempre he mirado mal a las monjas.
—Déjela, señor—dijo la jardinera—. Nada tiene de extraño que le guste la iglesia. Del modo como vive, no puede tener otras aficiones.
—Por hoy, nada temo. Estoy a su lado, y nada me importa que guste del trato con monjitas. Pero puedo morir mañana, y ¡figúrate qué magnífico bocado será la pobre Visita con sus millones, sola, y con esa afición a la vida religiosa, que otros más listos pueden explotar...! Yo he visto mucho; soy de la clase y estoy en el secreto. No faltan órdenes religiosas que se dedican a la caza de herencias, para mayor gloria de Dios, según dicen. Además, andan por ahí esas monjas extranjeras, de gran papalina, que son linces para esta clase de trabajo. Me aterra el pensar que caigan sobre mi hija. Yo soy del catolicismo a la antigua, de aquella religiosidad española neta: un catolicismo castellano, como quien dice de panllevar, limpio de extranjerías modernas. Sería triste haber pasado la vida ahorrando, para engordar a los jesuítas o a esas hermanas que no saben hablar en castellano. No quiero que mis dineros sufran la misma suerte que los del sacristán del adagio. Por esto, a los sinsabores de mi lucha con la gentuza enemiga se une el dolor que me causa el carácter débil de mi hija. Tal vez la cacen, y algún tuno se ría de mí apoderándose de mi dinero.
Y excitado por sus negros pensamientos, soltó una interjección castiza y obscena, recuerdo de sus tiempos de soldado. En presencia de la jardinera, no tenía por qué contenerse. La vieja estaba acostumbrada a los desahogos de su carácter.
—Vamos a ver—dijo imperiosamente, después de un largo silencio—. Tú que me conoces mejor que nadie: ¿soy tan malo como suponen los enemigos? ¿Merezco que el Señor me castigue por mis faltas? Tú eres un alma de Dios, sencilla y buena, y sabes más de esto con tu instinto que todos los doctores en Teología.
—¿Usted malo, don Sebastián? ¡Jesús...! Usted es un hombre como los otros: ni más ni menos. Tal vez mejor que muchos, pues es sencillo, todo de una pieza, sin engaños ni hipocresías.