Y Luis reía, encontrando el suceso graciosísimo.
—Nos van a tomar por novios impacientes. Creerán que escapamos de los Viveros por estar solos y libres de convidados.
Al pasar frente a San Antonio, Ernestina, reclinada en un hombro de su esposo, se incorporó.
—Mira: ese es quien ha hecho el milagro de unirnos. De soltera le rezaba pidiéndole un buen marido, y por segunda vez me protege, dándome mi Luis.
—No, vida mía: el milagro lo has hecho tú con tu belleza.
Ernestina dudó algunos instantes, como si temiera hablar, y por fin dijo con maliciosa sonrisa:
—¡Ah, señor mío! No creas que me engañas. Lo que te vuelve a mí no es el amor tal como yo lo quiero; es eso que llaman mi belleza y los deseos que en ti despierta. Pero he aprendido bastante en estos años de consuelo y soledad. Ya verás, Luis mío. Seré muy buena; te querré mucho... Me tomas como una amante; pero con bondad y con cariño, yo he de conseguir que me adores como a esposa.
Venganza moruna
———