Además, amigos míos, aquellas mujeres que llevan en sus entrañas el porvenir de su país son sanas y prolíficas, con la frescura y la salud de un pueblo joven. Como la riqueza las impulsa a aceptar los caprichos de la moda, a lo mejor se resignan a sufrir los tormentos del hambre para ser extremadamente delgadas. “Hay que conservar la línea.” Pero a pesar de su demacración elegante y su agostamiento distinguido, no pueden ocultar la solidez del andamiaje interno, el noble vigor de sus antecesores los centauros de la pampa. Parecen, por lo flacas, que acaban de salir de una ciudad sitiada, o de un transatlántico con averías en alta mar que sometieron a los pasajeros a la media ración. Pero que la moda les dé permiso para comer y renacerán esplendorosas, como surge el trigo en la llanura argentina cuando llueve largo.

Decía, señores, que el doctor Pedraza amaba y admiraba al mismo tiempo a su esposa. Ni una sola vez había contestado negativamente a las peticiones de doña Zoila, y eso que la señora no reconocía límites ni escrúpulos en los gastos para sostener, como ella decía, “el prestigio de la familia”. Habitaban una casa nueva, grande y elegante en las cercanías del Parque de Palermo; estaban abonados invariablemente a uno de los mejores palcos del teatro Colón durante la temporada de ópera, y a otros palcos en diversos teatros. En Buenos Aires no abundan las fiestas de sociedad, y el llamado “gran mundo” se ve y se habla durante los entreactos en las representaciones tenidas por elegantes. Su servidumbre era numerosa. Poseían tres automóviles: uno, el de “negocios”, para el señor, y otros dos que empleaban la señora y las niñas para visitas o excursiones.

Doña Zoila enviaba a la casa donde el doctor tenía establecido su “escritorio”, todas las cuentas de sus proveedores urbanos, así como las que llegaban de París y Londres los días de vapor correo. Y Pedraza, sin hacer objeciones, iba llenando hojas y más hojas de su cuaderno de cheques, y las entregaba, dando por terminado el asunto.

Le enorgullecían los enormes gastos hechos por su cónyuge. Eran una demostración de su elegancia natural y de su noble origen. Porque el doctor creía más aún que su mujer en el linaje aristocrático de ésta.

—Soy de los Pérez Zurrialde—declaraba doña Zoila con orgullo en determinados momentos.

Y los demás, cuando querían hacer un elogio completo de ella, después de ensalzar su elegancia

y su buen gusto, acababan diciendo: “Es una Pérez Zurrialde.”

Todos creían en la distinción aristocrática de esta familia, sin poder explicar el porqué de su creencia. En América se ve esto muchas veces. Hay familias que cuentan entre sus antecesores generales célebres, héroes patrióticos, presidentes de República. Pero otras, cuyos abuelos no hicieron nada y no fueron nada, pasan, sin embargo, por más distinguidas y más aristocráticas. Tal vez será porque estos predecesores hablaron poco, se mantuvieron al margen de las luchas del país, se preocuparon únicamente de vestir bien, dedicando a esto toda su inteligencia, y fueron muy exigentes en materia de casamientos, emparentándose solamente con sus allegados.