un poco, me describía los pastos de sus praderas, pasándose una mano por el pecho para hacerme ver hasta dónde llegaba su altura. Yo, escuchándole, contemplaba imaginativamente el galope circular de las tropas de yeguas por el vasto campo cerrado con alambradas; el lento rumiar de los bueyes, mejorados por una continua selección, casi sin cuernos, con el lomo plano lo mismo que una mesa, y carnosos, como si en su interior hubiera quedado suprimido el andamiaje del esqueleto.

—Ha habido año que he vendido diez mil novillos; ¿sabe, compañero?...

Otras tardes sentía la nostálgica necesidad de hacerme ver el Buenos Aires de su infancia. Casas bajas de sobria arquitectura colonial; aceras de ladrillo que parecían escaleras por sus numerosos altibajos; calles profundas como barrancos, polvorientas unas veces y otras tan llenas de agua estancada que había que vadearlas lo mismo que riachuelos. Muy pocos transitaban a pie por la ciudad.

—Yo iba a caballo a la escuela, y los otros muchachos “bien” llegaban del mismo modo. Mientras duraba la lección había fuera de la casa unas cuantas docenas de caballitos “petizos”, que entretenían su impaciencia escarbando el suelo con las patas. Cuando yo salía de la escuela, mi “petizo

había abierto un hoyo así de grande. Los mendigos también iban montados, pidiendo limosna de puerta en puerta. Los cocheros públicos encontraban que era más barato no dar de comer a sus animales, y cuando éstos se les morían, enganchar otros nuevos. No tenían más que salir a las afueras de la ciudad para comprarlos por lo que querían ofrecer. Y ahora vendo yo caballos en mi estancia tan caros como en Europa... Además, ¡lo que ha cambiado nuestro Buenos Aires! Es cosa de asombrarse, compañero, viendo esas avenidas y esas casas que parecen las de Nueva York... A veces creo que lo de mi niñez fué algo soñado.

Pero el doctor cortaba su entusiasmo patriótico para protegerme con una de sus miradas bondadosas: